ISLAS, 68 (214): e1736; mayo-agosto, 2026.

Recepción: 06/11/2025 Aceptación: 10/02/2026

Artículo científico

El prostíbulo: hito y nodo urbano en la organización socioespacial del corregimiento de Aguas Blancas-Valledupar, Colombia

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The Brothel as Landmark and Node in the Socio-Spatial Organization of the Corregimiento of Aguas Blancas, Valledupar, Colombia

Reynaldo Aparicio-Rengifo

Universidad del Tolima, Ibagué, Colombia

ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8380-9280

Correo electrónico: raparicior@ut.edu.co

Idania Guette Castro

Universidad Nacional de Colombia, La Paz, Colombia

ORCID: https://orcid.org/0009-0006-4392-204X

Correo electrónico: idguette@unal.edu.co

Juan Guillermo Popayán-Hernández

Universidad Nacional de Colombia, La Paz, Colombia

ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7110-3371

Correo electrónico: jgpopayanh@unal.edu.co

RESUMEN

Introducción: Este trabajo analiza el papel del prostíbulo como hito y nodo urbano en la organización socioespacial del corregimiento de Aguas Blancas, Valledupar, Colombia. El problema de investigación se centra en cómo el prostíbulo desempeña simultáneamente dos roles en dicho corregimiento: como referencia espacial (hito) y como punto de articulación funcional (nodo), en un contexto del Caribe colombiano caracterizado por una planificación urbana deficiente y una provisión limitada de infraestructura pública.

Métodos: La metodología, de enfoque cualitativo y alcance exploratorio-descriptivo, se desarrolló en tres etapas: 1) trabajo etnográfico, que incluyó una bitácora de observación, georreferenciación y registro fotográfico de exteriores e interiores de los prostíbulos, así como entrevistas semiestructuradas y una caracterización sociodemográfica general de las trabajadoras sexuales, analizada en Atlas.Ti mediante una nube de palabras y una tabla de frecuencia. 2) muestreo probabilístico simple, utilizando encuestas con preguntas cerradas aplicadas vía Google Forms a los residentes del corregimiento. 3) análisis interpretativo, que integró los resultados relacionando las dimensiones simbólicas, funcionales y territoriales del prostíbulo como hito y nodo, a partir de una matriz de triangulación de datos basada en el cruce entre las categorías empíricas emergentes.

Resultados: Los resultados revelaron que estos establecimientos en Aguas Blancas funcionan como hitos simbólicos y nodos urbanos que entrelazan dinámicas económicas, afectivas y territoriales. El 81 % de los residentes reconoce su existencia, el 53.8 % ha visitado alguno y la mayoría identifica tres prostíbulos concentrados en los barrios San Rafael, Sabanas de Celedón y San Martín, mientras que las percepciones comunitarias son heterogéneas (27 % neutrales, 24.7 % negativas y 20 % positivas) y el 45 % de las trabajadoras sexuales supera los 40 años.

Conclusiones: Lejos de ser enclaves ocultos, configuran una centralidad funcional en la vida local, con una morfología espacial discreta, regulada por códigos sociales y escenografías sensuales, que expresa una economía del deseo marcada por la exclusión estructural, así como por narrativas de subsistencia, la resignificación del prostíbulo como espacio vital, y percepciones cargadas de sentido y memoria colectiva.

PALABRAS CLAVE: geografía humana; prostitución; marginalidad; ordenamiento urbano; sociología urbana

ABSTRACT

Introduction: This article examines the role of the brothel as both a landmark and a node in the socio-spatial organization of the corregimiento of Aguas Blancas, Valledupar, Colombia. The research focuses on how the brothel simultaneously fulfills two functions within this corregimiento: as a spatial landmark and as a node of functional articulation in a Colombian Caribbean context characterized by inadequate urban planning and limited public infrastructure.

Methods: The study adopted a qualitative, exploratory-descriptive research design conducted in three stages. 1) Ethnographic fieldwork, including an observation log, georeferencing, photographic documentation of the exteriors and interiors of brothels, semi-structured interviews, and a general sociodemographic characterization of sex workers. The qualitative data were analyzed in ATLAS.ti using a word cloud and a frequency table. 2) Simple random sampling based on closed-ended questionnaires administered to residents of the corregimiento through Google Forms. 3) An interpretive analysis integrating the findings by examining the symbolic, functional, and territorial dimensions of the brothel as a landmark and node through a data triangulation matrix based on the intersection of emerging empirical categories.

Results: The findings reveal that brothels in Aguas Blancas function as symbolic landmarks and urban nodes that intertwine economic, affective, and territorial dynamics. The 81% of residents acknowledge their existence, 53.8% have visited one, and the majority identifies three brothels concentrated in the San Rafael, Sabanas de Celedón, and San Martín neighborhoods; meanwhile, community perceptions vary (27% neutral, 24.7% negative, and 20% positive), and 45% of the sex workers are over the age of 40.

Conclusions: Far from being hidden enclaves, these spaces constitute a functional center of local life. Their discreet spatial morphology, regulated by social codes and sensual aesthetics, reflects an economy of desire shaped by structural exclusion, as well as narratives of survival, the resignification of the brothel as a vital space, and perceptions imbued with meaning and collective memory.

KEYWORDS: human geography; prostitution, marginality; urban planning; urban sociology

CONTRIBUCIÓN DE AUTORÍA

Concepción y/o diseño de investigación:

Reynaldo Aparicio-Rengifo (80 %)

Juan Guillermo Popayán-Hernández (20 %)

Adquisición de datos:

Idania Guette Castro (70 %)

Juan Guillermo Popayán-Hernández (30 %)

Análisis e interpretación de datos:

Reynaldo Aparicio-Rengifo (70 %)

Juan Guillermo Popayán-Hernández (30 %)

Escritura y/o revisión del artículo:

Reynaldo Aparicio-Rengifo (70 %) Juan Guillermo Popayán-Hernández (20 %)

Idania Guette Castro (10 %)

INTRODUCCIÓN

La historia del prostíbulo, lupanar, casa de citas, mancebía, casa de lenocinio o burdel ha reflejado, a lo largo del tiempo, las dinámicas sociales, culturales y económicas en diversas sociedades (İnce & Çalışkan, 2024). A menudo se utilizan estos términos de manera indistinta, aunque su significado puede variar según la región, el contexto o el registro del habla. Por ejemplo, un prostíbulo, del latín prostibulum, se define como un «local donde se ejerce la prostitución» (Real Academia Española [RAE], 2023, párr. 3), generalmente de forma más informal o clandestina; mientras que un burdel, del catalán bordell, que significa «casa de prostitución» (RAE, 2001, párr. 3), suele implicar una estructura más organizada y legalizada. Sin embargo, ambos términos comparten la función de facilitar el intercambio sexual y designan espacios físicos destinados a la práctica organizada de la prostitución. En esencia, describen lo mismo; por esta razón, en este trabajo se entenderán como sinónimos.

Los prostíbulos han existido desde las primeras configuraciones urbanas, con referencias que datan de la antigua Mesopotamia, donde se practicaba la prostitución en los templos sagrados (Faraone & McClure, 2006). En las antiguas Grecia y Roma, las casas de prostitución eran comunes y estaban reguladas (Skinner, 2005). Durante la Edad Media, estos lugares eran vistos como un «mal necesario», lo que obligó a que muchas ciudades europeas permitieran su funcionamiento, aunque bajo estrictas normas (Mazo Karras & Pierpont, 2023).

Con la llegada de la modernidad y la industrialización, la prostitución persistió como práctica social y transformó su expresión espacial y simbólica dentro de las ciudades (Rodríguez García et al. 2017). En este nuevo escenario urbano-industrial, los procesos de migración rural-urbana, la segregación funcional del espacio y la consolidación de nuevas formas de centralidad y periferia dieron lugar a una reconfiguración de los lugares asociados al ejercicio del trabajo sexual (Hubbard, 2004). Las dinámicas de clase y género comenzaron a jugar un papel determinante en dicha reconfiguración: las mujeres, especialmente las provenientes de clases populares y en condiciones de vulnerabilidad económica, fueron ubicadas física y simbólicamente en los márgenes del espacio urbano legítimo, tanto por discursos morales como por prácticas de planificación y control social (Agustín, 2007).

En este marco, la prostitución fue desplazada a zonas específicas que funcionaban como «espacios de contención», en muchos casos adyacentes a nodos de transporte (como estaciones de tren, terminales o puertos), áreas industriales o barrios obreros (Hubbard, 2018a), donde la vigilancia social era menor y el control estatal se ejercía más por omisión que por presencia. Más tarde, estos lugares se convirtieron en parte integral del funcionamiento socioeconómico urbano, aunque invisibilizados en los discursos oficiales de ordenamiento territorial (Herrera, 2019).

En América Latina, los prostíbulos han jugado un papel más visible en la historia sociocultural reciente de la región. Durante el siglo xx y el primer cuarto del siglo xxi, la urbanización acelerada condujo a un aumento en la demanda de servicios sexuales, lo que a su vez favoreció su crecimiento (Schettini et al., 2020). No obstante, la criminalización y estigmatización del trabajo sexual han llevado a que muchas trabajadoras sexuales operen en condiciones de vulnerabilidad, sin acceso a derechos básicos y protecciones laborales (Borrero & Paz-Cardona, 2024).

En la actualidad, algunos sectores de la población reconocen los prostíbulos como dispositivos urbanos de modernización (Collins, 2006) o como hitos de transgresión social, en tanto son considerados atentados a la moralidad pública (Terrones, 2019). En términos espaciales, estos lugares suelen ubicarse en zonas de entretenimiento, conocidas como «zonas rojas», donde se desarrolla la vida nocturna (Hubbard, 2001). También es frecuente encontrarlos en barrios marginales (Arturo-Zarama et al., 2017). Empero, no se puede desconocer que, de manera discreta, el fenómeno de la prostitución también se localiza en barrios residenciales y zonas de alta plusvalía. Stricto sensu, «a partir del año 2000… [especialmente] en sectores en los que tradicionalmente no era considerada como población de riesgo, es decir, hombres y mujeres pertenecientes a las clases media y alta que se insertaron en ella para ejercerla» (Montoya Restrepo & Morales Mesa, 2015, p. 60).

Debido a las nuevas coyunturas urbanas, también es posible afirmar que los prostíbulos se han convertido en puntos de encuentro multifuncionales (León-Ojeda et al., 2022), que fungen como catalizadores de flujos urbanos, tanto físicos como simbólicos, y como nodos articuladores de interacciones económicas y socioculturales en los territorios donde se ubican. Esta diversidad ha llevado a que sean percibidos, además de como lugares de trabajo sexual, como espacios de socialización que albergan actividades recreativas y de ocio (Peraza, 2022), afectando el uso y el reconocimiento de los entornos, lo que pone de relieve su doble condición de hito y nodo urbano dentro de la lógica del tejido urbano.

Desde una perspectiva económica, estos establecimientos generan ingresos que coadyuvan a la economía informal y local (Cobo Bedia, 2024). En muchas ciudades, constituyen un nicho de consumo que impacta sectores relacionados como la hostelería, el transporte y otros. Véase, por ejemplo, el caso de Cartagena o Medellín, donde el turismo asociado al comercio sexual contribuye considerablemente al PIB local y genera un gasto importante por parte de los visitantes, sin soslayar que los comerciantes de la zona reconocen obtener grandes ingresos de los turistas que acuden con fines sexuales, por lo que la prostitución resulta rentable, ya que dinamiza economías y sustenta diversos negocios (Cueto, 2024; Henao Agudelo, 2024; Moreno Alarcón, 2014). De facto, se estima que este oficio, como medio de subsistencia o existencia, genera en Colombia «alrededor de 5,7 billones de pesos anuales. Esto implica que, de cada 100 pesos gastados por los hogares colombianos, al menos dos se destinan a servicios sexuales» (Sectorial, 2022), lo que ha llevado a debates sobre su regulación.

En el caso colombiano el marco normativo sobre la prostitución presenta un enfoque parcialmente permisivo: mientras reconoce y protege el derecho de las personas adultas a ejercerla de manera voluntaria, penaliza severamente conductas como la inducción, el proxenetismo y la trata de personas (Corte Constitucional de Colombia, 2019). Esta tolerancia selectiva, combinada con dinámicas socioeconómicas, ha influido en las formas en que la prostitución se visibiliza espacialmente, tales como calles reconocidas, burdeles o zonas delimitadas, marcando territorios socialmente diferenciados en el tejido urbano (Caicedo-Vásquez, 2021) y dando lugar a la configuración de lugares fácilmente identificables con capacidad para congregar a ciertas poblaciones.

En ciudades como Bogotá, las trabajadoras sexuales se agrupan en zonas específicas donde la prostitución es tolerada, aunque suelen enfrentar violencia y estigmatización, lo que agrava su vulnerabilidad y afecta la seguridad urbana (Cerón, 2019; Vargas Ramírez, 2012). Asimismo, cuando se ejerce en burdeles también están sujetas a prácticas de explotación y control, ya que, en estos espacios, aunque se da una mayor regulación, persisten las dinámicas de poder y violencia, tanto por parte de proxenetas como por la estructura misma de los negocios (Forero Montoya, 2018).

En la región Caribe, la prostitución ha evolucionado en un contexto marcado por factores económicos, socioculturales y culturales que han influido en su desarrollo (Cabieses et al., 2023). En particular, el departamento del Cesar presenta características únicas, donde el corregimiento de Aguas Blancas se ha convertido en un punto focal para el ejercicio del trabajo sexual.

En consecuencia, el problema de investigación se centra en cómo el prostíbulo desempeña simultáneamente dos roles en la organización socioespacial del corregimiento de Aguas Blancas: como referencia espacial (hito) y como punto de articulación funcional (nodo), en un contexto donde la planificación urbana ha sido históricamente deficiente y la provisión de infraestructura pública, limitada.

Por consiguiente, este estudio tiene como objetivo analizar el prostíbulo como hito y nodo urbano en Aguas Blancas. Se parte de la hipótesis de que dicho dispositivo actúa como hito al constituir una referencia espacial reconocida y un marcador simbólico que estructura la percepción colectiva de este territorio, pese a su carácter estigmatizado; por otro lado, como nodo, se configura como un punto de articulación funcional donde convergen diversas dimensiones (económicas, sociales, simbólicas y afectivas) que rebasan su aparente marginalidad, en un entorno urbano donde este tipo de espacios asumen un papel inusitado en la producción y reproducción del tejido urbano. De ahí surge la pregunta de investigación: ¿por qué el prostíbulo funge como hito y nodo en la organización socioespacial del corregimiento de Aguas Blancas?

Indicios teóricos y conceptuales sobre el prostíbulo como hito y nodo urbano

Aunque el prostíbulo ha sido tradicionalmente abordado desde perspectivas moralistas, violencia de género, de control social, higienistas o criminológicas, en los estudios urbanos contemporáneos su análisis como artefacto espacial adquiere relevancia al posibilitar una lectura de los modos de estructuración de la ciudad a partir de prácticas informales o subalternizadas (İnce, & Çalışkan, 2024). Se trata, así, de un habitáculo cuya función excede la prestación de servicios sexuales, al articular territorialidades más amplias.

La comprensión del prostíbulo como un elemento clave en la organización socioespacial urbana apela, en este caso, a la articulación de dos conceptos cuya naturaleza, convergencia permite develar la compleja función que este tipo de establecimiento desempeña en contextos condicionados por la informalidad urbana (Hubbard, 2019; Rymanski, 1981).

Desde una perspectiva teórica, un hito urbano se define como un elemento fácilmente reconocible en el paisaje, que sirve como punto de referencia y orientación para los habitantes y visitantes, y que coadyuva a la conformación de la imagen mental que estos tienen de su entorno urbano (Lynch, 2001). Se trata de estructuras físicas o elementos simbólicos que portan significados colectivos y contribuyen a su legibilidad del espacio. En este marco, los «hitos urbanos modernos se configuran, en su mayoría, como espacios de grandes dimensiones que albergan a multitud de ciudadanos anónimos sin conexión alguna entre ellos» (Venturi, 1978, p. 76).

Comúnmente, su «prominencia espacial…, [se establece] en una de estas dos formas, a saber: haciendo visible el elemento desde muchas ubicaciones… o estableciendo un contraste local con elementos vecinos, es decir, una variación en el retroceso y la altura» (Lynch, 2001, p. 100).

No obstante, en la contemporaneidad, su carácter puede entrar en tensión con las nociones tradicionales de centralidad simbólica y legitimidad institucional. Aunque puede cumplir con condiciones morfológicas que lo hacen visible y reconocible, como su ubicación estratégica, una iluminación particular o una arquitectura disonante con su entorno inmediato, su carga semántica puede superar los criterios formales, en tanto el reconocimiento espacial se encuentra atravesado por narrativas disruptivas frente a los espacios del disenso y la otredad (Pamporis & Micheli, 2022). Esto ocurre en virtud de que el «sentido del espacio [hoy] se construye en un proceso de interpretación y representación semiótica que hacen las diferentes comunidades de un territorio» (Agudelo Castañeda, 2017, p. 82).

El concepto de nodo remite a un punto de articulación funcional: un lugar donde se interconectan diversos procesos, promoviendo interacciones, movilizando recursos y estructurando redes (Amin & Thrift, 2002; Loo & Fan, 2023). Estos puntos urbanos también pueden concebirse como «focos estratégicos a los que puede entrar el observador, tratándose típicamente de confluencias de sendas o de concentraciones de determinada característica» (Lynch, 2001, pp. 91-92). Ahora bien, desde una perspectiva matemática basada en la complejidad urbana, la ciudad se configura como una red compuesta por nodos de actividad humana, cuyas interconexiones determinan su estructura, donde el vínculo espacial es clave para garantizar su habitabilidad y adecuado funcionamiento sin descuidar que tanto los elementos naturales como los artificiales refuerzan estos puntos de concentración, incrementando su capacidad de atracción y cohesión territorial (Salingaros, 2014).

En este hilo de ideas, los prostíbulos, entendidos como dispositivos de territorialización de lo prohibido, se regulan espacialmente mediante una geografía que habla de exclusión, pero también de visibilidad y de una tolerancia tácita. Estos «lugares oscuros» y marginales de la ciudad moderna (Foucault, 1976), se configuran con múltiples capas de contrapoder y performatividad de los roles de género, en donde se expresa una economía política del cuerpo y del deseo. En este marco, los prostíbulos pueden asumir, de manera inusitada, la función de hito y nodo como lugares híbridos, donde se yuxtaponen «formas y significados de manera diferencial [,] y es justamente esta particular combinación lo que los hace únicos» (Barros & Zusman, 1999, p. 71).

Su condición de hito podría radicar en la capacidad de actuar como una referencia espacial reconocida, un punto de anclaje que posibilita la percepción colectiva del territorio, incluso cuando esta se encuentra mediada por un carácter estigmatizado. A pesar de su invisibilización en los discursos oficiales, su presencia es notoria y puede funcionar como ancla cognitiva en la navegación y comprensión del espacio físico. Por ello, debido a la notoriedad de sus actividades, este tipo de lugares de encuentro pueden convertirse en puntos cardinales dentro de la cartografía mental de ciertos individuos (Chiau-Ru Chiang et al., 2023).

Por otra parte, su funcionalidad como nodo parece intensificarse en contextos marcados por la ausencia de infraestructuras formales (aunque esto no constituye una regla universal; véanse, por ejemplo, los casos de Paraíso, el antiguo Madame Safo en Rosario, Argentina, o La Piscina en Bogotá). En tales escenarios, el prostíbulo puede convertirse en un epicentro de interacciones que, pese a su aparente marginalidad, resultan significativas por su capacidad para generar ingresos y por la diversidad de dinámicas que penetran en la esfera sociocultural (Hubbard, 2018b). Esto, a su vez, lo transforma en un punto de encuentro y socialización.

La superposición de ambos conceptos, entonces, permite aproximarse a la operación simultánea del prostíbulo como referencia espacial y punto de articulación que congrega. En este sentido, habría que decir que no se trata únicamente de un lugar que la gente «conoce» o «ubica» (hito), sino también de un espacio donde «ocurren» o «se conectan» diversas dinámicas (nodo). Esta condición dual pone de manifiesto un hilo conductor en la producción del tejido urbano, al funcionar como un engranaje dentro de una urdimbre socioespacial, en la que estos lugares asumen dimensiones polivalentes y donde los actores y los usos del suelo redefinen las lógicas urbanas convencionales.

En esta línea de pensamiento, también sería pertinente preguntarse: ¿qué sucede cuando un dispositivo típicamente asociado a la marginalidad se convierte en el referente espacial de un territorio? ¿Qué tipo de espacios se constituyen a partir de prácticas y actores que no encajan en las narrativas dominantes del desarrollo urbano? En efecto, estos cuestionamientos dan lugar a fisuras epistemológicas en la manera en que se concibe la ciudad, al entender que la organización territorial no siempre responde a una lógica normativa, pues, en ocasiones, puede configurarse desde la práctica cotidiana, la economía informal o las redes afectivas que emergen en contextos de exclusión.

METOLOGÍA

Este estudio se enmarca en un enfoque cualitativo, de alcance tipo exploratorio-descriptivo, complementado con datos cuantitativos obtenidos a partir de un conjunto particular de técnicas e instrumentos de recolección y análisis. La Estructura metodológica se distribuye en tres etapas.

En la primera etapa (Cartografía del territorio prostibulario), se desarrolla un trabajo etnográfico apoyado en una bitácora de observación (Angrosino, 2012) que se presenta a modo de síntesis en los resultados. Este incluye: georreferenciación de los prostíbulos de Aguas Blancas mediante Qgis, un registro fotográfico del entorno y de algunos interiores en funcionamiento con signos visuales distintivos. Asimismo, se aplican entrevistas semiestructuradas con una caracterización sociodemográfica general de sus trabajadoras sexuales, cuyas narrativas se analizan con el software Atlas.Ti, mediante una nube de palabras y una tabla de frecuencia, para identificar patrones discursivos que configuran el significado social de estos establecimientos.

En la segunda etapa (Percepciones colectivas y significación urbana del prostíbulo) se toman y analizan datos cuantitativos mediante un muestreo probabilístico simple, usando encuestas con preguntas cerradas aplicadas vía Google Form a los residentes del corregimiento para aproximarse al reconocimiento espacial, la valoración simbólica y su percepción social de los prostíbulos. Previamente, se realiza un piloto con 10 personas de distintos perfiles para detectar problemas de interpretación y ajustar el instrumento.

La tercera etapa (Síntesis interpretativa y lectura socioespacial del fenómeno) integra los resultados en un análisis interpretativo relacionando las dimensiones simbólicas, funcionales y territoriales del prostíbulo como hito y nodo. Se realiza con una matriz de triangulación de datos (Flick, 2015), a partir del cruce entre las categorías empíricas emergentes del ejercicio etnográfico, las entrevistas y las tendencias estadísticas halladas en la encuesta, generando una lectura socioespacial del objeto de estudio.

Localización del área de estudio

El área de estudio es el corregimiento de Aguas Blancas, jurisdicción de Valledupar, Cesar, Colombia. De acuerdo con la Alcaldía de Valledupar, (2005), este corregimiento se encuentra a 28 km aproximadamente al sureste del municipio (Figura 1).

Figura 1. Área de estudio

Fuente: Elaboración propia

El corregimiento cuenta con un área de 36.525 m², una temperatura media de 25 °C, una topografía plana y una altitud de 100 m s. n. m. Posee cinco fuentes hídricas: Los Clavos, Pesquería, Cesarito, Cesar y El Arenoso. Se caracteriza por una base agrícola diversificada, con cultivos de pancoger, además de actividad ganadera. Actualmente, enfrenta problemáticas ambientales asociadas al manejo inadecuado de residuos, aguas residuales, acceso al agua potable e inundaciones (Alcaldía de Valledupar, 2005). Conviene subrayar que, históricamente, su población ha sufrido situaciones de violencia y desplazamiento forzado, aunque la desmovilización de grupos armados permitió el retorno de algunos habitantes.

RESULTADOS

Etapa 1: Cartografía del territorio prostibulario)

El trabajo etnográfico se realizó durante tres meses (entre agosto y octubre de 2024). Esto permitió identificar que la organización territorial de Aguas Blancas responde más a una lógica informal del uso del suelo que a una planificación urbana estructurada. Su morfología urbana se divide en cuatro barrios: San Rafael, El Carmen, San Martín y La Concepción (Figura 2), donde se concentran las principales dinámicas sociales y económicas del corregimiento.

Figura 2. Localización de barrios y prostíbulos en Aguas Blancas

Fuente: Elaboración propia

El trabajo de campo se desarrolló sobre todo en horarios nocturnos, principalmente durante los fines de semana, lo cual permitió observar el funcionamiento de los prostíbulos desde una perspectiva situada y con un mayor flujo de personas. El acercamiento fue gradual y deliberadamente empático, evitando dinámicas invasivas o extractivas, con el propósito de comprender cómo estos lugares se integran en la cotidianidad del corregimiento.

Contrario a la representación mediática que suele dominar la mirada externa, los prostíbulos de Aguas Blancas no están señalizados con luces de neón ni carteles ostentosos, pero sí se encuentran en calles concurridas. Estos se pudieron identificar con la guía de algunos habitantes. Se trata de espacios discretos, sin una demarcación visual evidente (Figura 3), aunque reconocibles por la comunidad local.

Figura 3. Entorno de los prostíbulos identificados en Aguas Blancas

Fuente: Elaboración propia

En ocasiones, las trabajadoras sexuales aguardan sentadas en las aceras, interactúan con clientes habituales y despliegan un repertorio de técnicas corporales que configuran una economía del deseo cuidadosamente coreografiada. Estas llegaban a los establecimientos vestidas con ropa larga, a veces con atuendos que podrían considerarse «formales». Empero, una vez dentro de los prostíbulos, se cambiaban y usaban prendas más pequeñas. Aun así, se observó que muchas de ellas no necesitaban recurrir a tácticas de seducción explícita, ya que sabían con antelación quiénes serían sus clientes cada noche.

En los establecimientos se identifica un patrón recurrente: una escenografía específica, regulada por una estética funcional. Las mesas se disponen cerca de la entrada, hay botellas de licor visibles y la iluminación se caracteriza por luces rojas y azules (Figura 4). Cuando llegan hombres dispuestos a pagar más de lo habitual, las luces cambian a un tono naranja y las mujeres salen a realizar sus bailes sensuales.

Figura 4. Interiores de los prostíbulos de Aguas Blancas donde se permitió tomar registro fotográfico

Fuente: Elaboración propia

La distribución espacial de los prostíbulos separa las áreas de interacción social de los cuartos más internos, destinados a encuentros más privados. En estos espacios reservados, las condiciones varían según la categoría del establecimiento y el tipo de cliente: algunas habitaciones cuentan con aire acondicionado y camas en buen estado, mientras que otras presentan condiciones precarias, con ventiladores colgados en las paredes y mobiliario mínimo. El sonido, diferente en cada cuarto y siempre a todo volumen, resulta abrumador. En efecto, estos espacios exhiben un orden interno que responde tanto a la lógica del mercado sexual como a las relaciones sociales que lo sostienen.

El ambiente siempre estuvo saturado de olores: una mezcla persistente de cigarrillos, desinfectantes y sudor. Las mujeres no se desplazaban libremente por el lugar; al contrario, sostenían una corporalidad moldeada por la experiencia, la cautela y la necesidad. Permanecían sentadas o de pie contra las paredes. Bailando solas se tocaban el cabello esperando ser elegidas. Sus movimientos no eran aleatorios: se acercaban a los hombres que consumían, pero evitaban a los ebrios o violentos. Algunas conocían a sus clientes frecuentes por nombre; otras los atraían de inmediato con una mirada. No todo se reducía a una oferta y demanda inmediata: existía una economía afectiva compuesta por juegos previos, negociaciones silenciosas y una serie de microgestos que revelan complejos códigos de interacción.

Como parte del ejercicio etnográfico, se realizó una entrevista semiestructurada que comenzó con una caracterización sociodemográfica. Esta permitió complementar la comprensión cualitativa con datos sobre las trabajadoras sexuales, reforzando las observaciones en campo y facilitando la identificación de patrones en términos de edad, trayectoria y motivaciones. Con los datos recolectados se identificaron tres grupos etarios y algunas de las causas que inciden en la decisión de dedicarse a esta labor.

La distribución etaria de las trabajadoras sexuales evidenció una tendencia hacia la permanencia prolongada en el ejercicio de la prostitución, con un 45 % de mujeres mayores de 40 años, mostrando una cronificación asociada a la exclusión y a la inexistencia de rutas efectivas de salida; un patrón que expone la prostitución como única fuente de ingresos en contextos de pobreza. En los grupos de menor edad se advierte una reproducción generacional de esta actividad, mediada por factores como la migración, la violencia de género y la marginalidad, lo cual plantea interrogantes sobre el fracaso de las estrategias de inclusión socioeconómica (Tabla 1).

Tabla 1. Caracterización sociodemográfica y causas del ejercicio de la prostitución en los prostíbulos de Aguas Blancas

Edad Número de trabajadoras sexuales Porcentaje Caracterización Sociodemográfica Causas del Ejercicio de la Prostitución
Más de 40 años 16 45% Mujeres mayores con escasa educación formal, provenientes de familias rurales o marginadas, en situación de pobreza o exclusión social. Necesidad económica urgente, falta de otras opciones laborales, vínculos con familias en pobreza, ausencia de apoyo social.
Entre 30 y 40 años 11 30% Mujeres adultas que han tenido experiencias laborales previas, pero con dificultades para acceder a trabajos formales por falta de educación o discriminación. Desempleo, problemas familiares, migración interna buscando mejores oportunidades económicas, expectativas laborales frustradas.
Menos de 30 años 7 20% Mujeres jóvenes, algunas con educación básica incompleta o limitados recursos económicos. Algunas migraron desde zonas rurales buscando estabilidad. Presión económica, aspiraciones de una vida mejor, violencia de género, marginación social o falta de oportunidades laborales en otras áreas.

Fuente: Elaboración propia

En este escenario, el prostíbulo articula flujos económicos y afectivos, y constituye, además, un referente espacial en el imaginario local. Su existencia no se oculta, aunque permanezca al margen del discurso oficial. Se configura como hito al funcionar como marcador territorial, una suerte de monumento no monumental de lo marginal.

Lejos de ser una elección individual, la prostitución aparece determinada por una urdimbre de causas estructurales que inscriben al prostíbulo como un espacio de subsistencia funcional, más que como un enclave de transgresión, lo que refuerza su condición de nodo en un tejido urbano precarizado, al conectar personas, servicios, cuerpos, emociones y saberes subalternos. Su visibilidad estigmatizada coexiste con una centralidad funcional. Por otra parte, las entrevistas revelaron una narrativa cargada de significados personales, sociales y territoriales. En el análisis de contenido se evidencian sus experiencias y emociones, así como la resignificación del prostíbulo como hito simbólico y nodo relacional.

En este orden de ideas, la nube de palabras reveló términos recurrentes que estructuran las narrativas sobre la prostitución en el corregimiento. En el centro resaltan palabras como «año», «mujer», «vida», «vez», «situación», «lugar» y «amigo», lo que pone de manifiesto la importancia del tiempo, la identidad femenina, el contexto socioeconómico y los espacios donde se desarrolla esta práctica. La palabra «año» aparece prominentemente, reflejando la experiencia prolongada, y a menudo forzada, de las mujeres en el oficio. «Mujer» y «vida» aluden a la centralidad del cuerpo femenino como territorio, afectado y condicionado por las dinámicas del entorno. La presencia de términos como «papá», «mamá», «familia», «hombre», «niño» e «hijo» da cuenta del rol de la familia, como núcleo de protección u origen del conflicto. Palabras como «situación», «trabajar», «plata» y «grupo» señalan factores estructurales (económicos, sociales y políticos) para ejercer en la prostitución (Figura 5).

Figura 5. Nube de palabras de entrevistas

Fuente: Elaboración propia

Con mayor detalle, la palabra más repetida es «año» (9 veces), indicando que el tiempo es un elemento clave, pues las mujeres ubican sus experiencias dentro de una cronología que les permite dar sentido a lo vivido, diferenciar etapas (niñez, juventud, adultez) y expresar la duración del trauma o del trabajo sexual, lo que refuerza la idea de que el prostíbulo es un espacio de vida y permanencia.

Las palabras «mujer» y «vez» (7 veces) muestran la centralidad del género y de los eventos repetitivos o importantes. «Mujer» apela a la identidad biológica, pero también se carga de sentido social. Esto implica estar expuesta a múltiples formas de violencia, pobreza y control. «Vez» hace referencia a momentos clave («la primera vez», «cada vez») que marcan el inicio del trabajo sexual, el abuso o la resignación. «Prostitución» y «vida» (6 veces) sitúan esta práctica como una realidad transversal en la vida de las entrevistadas; el oficio no aparece como elección libre: es consecuencia de una vida marcada por la necesidad, el abandono o el abuso (Tabla 2).

Tabla 2. Análisis temático de palabras clave según frecuencia de aparición en entrevistas

Palabra Frecuencia Significado contextual (desde las entrevistas)
Año 9 Marca el paso del tiempo en los relatos: edades tempranas, duración en la prostitución, memoria de los inicios. Como el caso de «empecé a los 14 años…», «trabajé durante 30 años».
Mujer 7 Categoría central. Las mujeres entrevistadas son las protagonistas; hablan desde su experiencia, pero también de «las otras», construyendo una voz colectiva.
Vez 7 Usada para narrar momentos clave: «la primera vez», «cada vez que salía…». Denota trauma, repetición, resistencia.
Prostitución 6 Tema central, aparece como imposición, estrategia de supervivencia o «única salida». No es romantizada, sino narrada como experiencia marcada por dolor, necesidad o violencia.
Vida 6 Se relaciona con ruptura, transformación, resignación. «Mi vida cambió desde ese momento», «esta es la vida que me tocó».
Amigo 5 En el contexto del relato oral puede ser literal o eufemismo de cliente, o incluso figura intermediaria. No siempre es positiva.
Experiencia 5 Término que legitima la voz de las entrevistadas. No son datos, son vivencias. Refleja la subjetividad del relato.
Lugar 5 Hace alusión al prostíbulo como espacio físico y social, pero también a los sitios donde ocurren los abusos o se ejerce el trabajo.
Situación 5 Refiere a la pobreza, el abandono familiar, la guerra o la violencia. La palabra justifica muchas decisiones forzadas: «por la situación, me tocó».
Paramilitar 4 Actor armado que organizó el territorio y forzó a mujeres y niñas a prostituirse. Representa el dominio del cuerpo y del espacio por la violencia.
Hombre 4 Figura que se repite como padre opresor, cliente violento o abusador. Construye la desigualdad de poder.
Tiempo 4 Se refiere a la duración del trauma, a la permanencia en el oficio, a la pérdida de infancia.
Mamá/papá/hijo/familia 3 cada uno Elementos del entorno inmediato que muchas veces no protegen, sino que presionan o violentan. La familia aparece como causa y consecuencia.

Fuente: Elaboración propia

Con mayor detalle, la palabra más repetida es «año» (9 veces), indicando que el tiempo es un elemento clave, pues las mujeres ubican sus experiencias dentro de una cronología que les permite dar sentido a lo vivido, diferenciar etapas (niñez, juventud, adultez) y expresar la duración del trauma o del trabajo sexual, lo que refuerza la idea de que el prostíbulo es un espacio de vida y permanencia.

Adicionalmente, en los relatos se narra cómo, antes, la prostitución se ejercía en las calles y cómo «cuando los paramilitares se fueron, surgió el primer establecimiento de prostitución... Hoy en día hay otros dos sitios reconocidos en Aguas Blancas y se han vuelto algo normal» (Persona anónima, comunicación personal, 14 de septiembre de 2024), lo cual apela a la idea de hito urbano. Asimismo, es plausible deducir que estos espacios hacen parte de la historia del pueblo como nodos que articulan violencia estructural (paramilitarismo, abuso sexual, abandono familiar), economía informal (necesidad de ingresos, maternidad joven, falta de estudio) y relaciones de género (dominación masculina, subordinación femenina, exclusión social).

Esta urdimbre narrativa pone de manifiesto que el prostíbulo es un lugar donde se reproduce la marginalidad, pero también se consolida como un escenario donde se reconfiguran las memorias de la violencia y las economías de la supervivencia. Al mostrar la recurrencia de términos como vida, situación, familia o paramilitar se demuestra que el lenguaje de las trabajadoras sexuales traduce la historia colectiva del corregimiento: cada palabra funciona como una unidad semántica de dolor, resistencia y adaptación.

En este sentido, los prostíbulos de Aguas Blancas actúan como espacios de sedimentación simbólica, donde se condensa la experiencia de exclusión, pero también la posibilidad de agencia. La reiteración de los vocablos vinculados al tiempo y a la experiencia expone una temporalidad extendida del trauma, en la que el oficio se convierte en biografía. Así, las prácticas cotidianas, los gestos y los relatos orales narran una economía del deseo y, a la vez, una cartografía de la memoria que organiza el territorio desde lo íntimo y lo corporal. De esta manera, el prostíbulo se erige como un dispositivo socioespacial de reconstrucción del sentido, donde lo emocional, lo económico y lo histórico se fungen como crisol para sostener la vida en los márgenes del orden urbano.

Etapa 2: Percepciones colectivas y significación urbana del prostíbulo

Los datos oficiales más actualizados que se encontraron fueron los de la Contraloría Municipal de Valledupar (2012), los cuales señalan que, en 2011, el corregimiento contaba con 3.131 habitantes urbanos. Con base en las tendencias demográficas en Colombia (DANE, s.f.), se realizó una proyección aplicando una tasa de crecimiento promedio anual del 0,3 %, que arrojó una población estimada de 3.266 habitantes para el año 2025. Así se calculó el tamaño de la muestra (confianza del 95 % y margen de error del 3 %), resultando en un total de 344 personas.

La encuesta se realizó de manera voluntaria y anónima por la sensibilidad de los datos que se detallan a continuación: El 81,1 % de los encuestados afirmó conocer sobre los prostíbulos en Aguas Blancas, demostrando que estos tienen visibilidad social extendida. Esta alta tasa de reconocimiento sugiere que el prostíbulo cumple con una de las condiciones fundamentales de un hito urbano: ser un punto de referencia mental compartido por la comunidad; un marcador espacial significativo. El 10,8 % de personas que no saben o no responden podría asociarse a una resistencia a declarar abiertamente el conocimiento sobre este tipo de establecimientos, reforzando así el componente simbólicamente ambiguo del prostíbulo: se sabe que existe, pero se evita hablar de ello. Por otra parte, solo un 8,1 % indica no tener conocimiento de su existencia (Figura 6).

Figura 6. Nivel de conocimiento comunitario sobre la existencia de prostíbulos en Aguas Blancas

Fuente: Resultados de encuestas aplicadas mediante Google Forms (2024)

El 54,4 % de las personas afirmó conocer tres prostíbulos. Con este dato se puede inferir que existe un consenso tácito sobre cuántos de estos establecimientos conforman el «mapa mental» del territorio. La cifra de tres no parece arbitraria, sino que representa una estructura urbana interiorizada. A medida que aumenta el número declarado de prostíbulos la frecuencia de respuestas disminuye, mostrando que el conocimiento colectivo tiende a concentrarse en una cantidad limitada y repetida de prostíbulos, probablemente los más visibles o históricos.

La reiteración en la cifra de tres también indica que estos prostíbulos funcionan como nodos urbanos de interacción, circulación y referencia, aunque no estén oficialmente señalizados. En este sentido, es probable que estos tres lugares estén geográficamente bien ubicados en la memoria de los habitantes y posean una identidad espacial nítida que refuerza su condición de infraestructura informal pero funcional dentro del tejido urbano.

En contraste, el 10,8 % de respuestas NS/NR puede interpretarse como una manifestación de ambivalencia moral, miedo al estigma o protección del anonimato, acentuando la tensión entre el carácter visible del prostíbulo y su negación discursiva en ciertos contextos sociales (Figura 7).

Figura 7. Número de prostíbulos conocidos por los habitantes del corregimiento de Aguas Blancas

Fuente: Resultados de encuestas aplicadas mediante Google Forms (2024)

Más de la mitad de los encuestados (53,8 %) confirmó haber estado en un prostíbulo del corregimiento, evidenciando una alta visibilidad y presencia de esta infraestructura (Figura 8), además de su grado de integración en la cotidianidad territorial, ya sea por razones personales, laborales, sociales o de observación. Esta cifra corrobora que estos establecimientos forman parte activa del entramado espacial y de las trayectorias de movilidad de los habitantes.

El 17,7 % de respuestas NS/NR representa una zona de reserva, posiblemente motivada por razones morales, religiosas, sociales o de autoprotección frente al estigma. El dato confirma que, aunque hay una presencia identificada del prostíbulo, su reconocimiento explícito no está exento de tensiones culturales y éticas. Por añadidura, el hecho de que la pregunta implique motivos personales, laborales u otros permite deducir que el prostíbulo es entendido como un lugar híbrido: un espacio de comercio sexual y un lugar de interacción social, negociación, entretenimiento o circulación informal con amplio espectro funcional.

Figura 8. Frecuencia de visitas a prostíbulos en Aguas Blancas según autodeclaración de los encuestados

Fuente: Resultados de encuestas aplicadas mediante Google Forms (2024)

Casi la mitad de los encuestados (47,7 %) recuerda el nombre de al menos un prostíbulo, lo que denota un nivel de familiaridad, así como un reconocimiento nominal de este tipo de equipamiento (Figura 9). En este marco, recordar el nombre va más allá de un ejercicio de memoria: nombrar implica apropiarse simbólicamente del espacio, lo que deriva en una institucionalización informal como lugar de referencia social y geográfica.

El 31,4 % no recuerda (o dice no recordar) los nombres, lo que puede interpretarse como una desvinculación experiencial o una resistencia al acto de nombrar. A su vez, un 20,9 % evita responder, lo cual revela que aún persiste una ambivalencia social frente al reconocimiento abierto del fenómeno. Este dato es clave para comprender que los prostíbulos habitan el discurso social de la comunidad, permitiendo trazar una cartografía afectiva y alegórica del territorio prostibulario.

Figura 9. Frecuencia de visitas a prostíbulos en Aguas Blancas según autodeclaración de los encuestados

Fuente: Resultados de encuestas aplicadas mediante Google Forms (2024)

San Rafael es percibido por la mayoría de los encuestados como el epicentro territorial de la prostitución, seguido por el asentamiento informal Sabanas de Celedón y San Martín, conformando un eje dominante que sugiere un posible clúster de sexualidad transaccional. En contraste, el asentamiento Idema, y los barrios La Concepción y El Carmen registran menor visibilidad del fenómeno, posiblemente por exclusión en la construcción colectiva del territorio sexual. El bajo porcentaje de respuestas NS/NR revela una zona de silencio discursivo asociada a la estigmatización, la negación o el desconocimiento del tema (Figura 10).

Figura 10. Barrios identificados por la comunidad como lugares donde funcionan prostíbulos

Fuente: Resultados de encuestas aplicadas mediante Google Forms (2024)

El grupo más numeroso corresponde a NS/NR (28,2 %), lo que indica una preferencia por el silencio que puede interpretarse como autoprotección ante el estigma, tolerancia pasiva o normalización del fenómeno. Las percepciones neutrales (27 %) muestran una actitud de indiferencia o aceptación resignada, una percepción del prostíbulo como parte del paisaje urbano habitual, o una postura ambigua, posiblemente determinada por tensiones morales o económicas.

Las opiniones negativas (24,7 %) representan un rechazo explícito, posiblemente vinculado a inseguridad, ruido, consumo de sustancias, desorden social, prejuicios morales o religiosos, o preocupaciones por el bienestar de las trabajadoras sexuales. En cuanto a las percepciones positivas (20 %), estas pueden expresar una valoración funcional del prostíbulo como espacio de entretenimiento o «necesidad social»; una visión liberal del comercio sexual; o una relación económica directa o indirecta (como clientes, trabajadores o vecinos beneficiados) (Figura 11).

Figura 11. Percepción comunitaria sobre los prostíbulos en Aguas Blancas

Fuente: Resultados de encuestas aplicadas mediante Google Forms (2024)

Etapa 3: Síntesis interpretativa y lectura socioespacial del fenómeno

Esta última etapa integra los hallazgos obtenidos en las fases anteriores, mediante una estrategia de triangulación metodológica, que busca establecer convergencias, divergencias y complementariedades entre los datos cualitativos y cuantitativos recolectados (Tabla 3).

Tabla 3. Matriz de triangulación de datos

Categoría Datos etnográficos Entrevistas Encuestas Síntesis socioespacial
Ubicación espacial Los prostíbulos están localizados en calles concurridas sin señales visibles de la actividad comercial. «todo el mundo sabe dónde quedan», «aquí en la esquina, el otro está a mitad de cuadra bajando dos calles y hay otro que queda más lejos, uno da direcciones desde ahí». «en todos los negocios se mueve plata, hay venta de todo», «es un sitio donde uno se encuentra a todo el mundo, hasta el que menos se piensa». El 81 % de los encuestados reconocen fácilmente su ubicación. El prostíbulo opera como hito urbano, articulador de orientaciones espaciales. Se configura como nodo funcional que dinamiza redes económicas periféricas.
Estigmatización simbólica Frontera entre lo «respetable» y lo «marginal»; barreras implícitas. «yo no paso por acá de día, me da pena de mi hijo», «a veces hay pelea y violencia, se pone feo», «mi mamá dice que este es un lugar malo, pero nunca me ha pasado nada». Porcentajes cuasi equitativos (NS/NR, Neutral, Positivo, negativo) en las respuestas sobre la percepción sobre los prostíbulos. Coexisten valencias simbólicas contradictorias, lo que refuerza su función como marcador liminal.
Apropiación subjetiva del espacio Estos se pudieron identificar con la guía de algunos habitantes. «son los espacios de grupo, para tomar, divertirse, vivir la vida, le falta es plata a los clientes» «tengo amigos que son clientes fieles y vienen en combo»

54,4 % de las personas afirmó conocer tres prostíbulos (apropiación simbólica. El 53,8 % confirmó haber estado en un prostíbulo del corregimiento. Clúster de sexualidad transaccional entre los barrios

San Rafael, Sabanas de Celedón y San Martín.

El prostíbulo es un espacio de micro territorialidad, importante en la cartografía de algunos habitantes del corregimiento
Memoria colectiva y permanencia histórica Registro en relatos orales de más de dos décadas. «eso ha estado ahí desde que yo era niña», «antes tocaba en la calle, hasta que se fueron los paras y se fueron organizando los negocios». 47,7 % de los encuestados le da reconocimiento nominal Su longevidad refuerza su carácter de hito persistente, generador de memoria territorial.

Fuente: Elaboración propia, a partir de los datos obtenidos en las etapas metodológicas 1 y 2

La lectura de la Cuadro 3 expone que el fenómeno trasciende la simple localización física de establecimientos de comercio sexual para constituirse en un dispositivo socioespacial de orientación y cohesión en un entorno precarizado. El alto nivel de reconocimiento comunitario (81 %) y la coincidencia en la cifra de tres prostíbulos identificados muestran una regularidad perceptiva que otorga al prostíbulo el estatus de hito urbano informal, no impuesto por la planificación, sino consolidado desde la experiencia cotidiana. Este reconocimiento, sustentado en la repetición empírica y en la memoria colectiva, demuestra que el territorio prostibulario configura un mapa cognitivo legítimo en la vida diaria del corregimiento, superando los límites entre lo visible y lo silenciado.

Al analizar las dimensiones simbólicas, la tabla pone de relieve una tensión liminal: el prostíbulo se ubica simultáneamente entre lo prohibido y lo necesario, entre la repulsión moral y la aceptación funcional. Las respuestas equitativas entre percepciones negativas, neutrales y positivas sugieren una comunidad dividida, pero habituada, donde el estigma convive con la naturalización. Este punto es clave, pues devela que la estigmatización simbólica no logra anular la centralidad social del prostíbulo; al contrario, refuerza su papel de marcador de frontera entre lo respetable y lo marginal. Así, el prostíbulo actúa como un umbral de significación urbana, un territorio de intersección donde la moralidad, la economía y la sociabilidad se cruzan, generando una topología del disenso que reorganiza la espacialidad desde la periferia.

Por otro lado, la categoría de apropiación subjetiva del espacio permite comprender cómo estos lugares, aunque carentes de legitimidad institucional, se integran en la red de interacciones locales mediante una lógica de microterritorialidad. La tabla muestra que más de la mitad de los encuestados reconocen los prostíbulos y han estado en ellos, lo que muestra su función como espacios de socialización y reciprocidad más allá del intercambio sexual. Este hallazgo cuestiona la visión higienista o moralista del urbanismo tradicional al evidenciar que los usos del suelo no oficiales también pueden generar cohesión social y territorial. Desde esta perspectiva, el prostíbulo además de ser un nodo articulador de flujos económicos y afectivos, también un espacio de pertenencia relacional, donde se tejen redes emocionales y de subsistencia que dan forma a una geografía afectiva local. Por último, la memoria colectiva y la permanencia histórica del fenómeno refuerzan la condición del prostíbulo como un marcador de continuidad territorial.

DISCUSIÓN

La triangulación metodológica permite sostener, con evidencia convergente, la doble condición del prostíbulo como hito y nodo. El dispositivo es un punto de referencia estable en la orientación cotidiana y un articulador funcional de flujos sociales y económicos que opera en ausencia o déficit de equipamientos formales, lo que se convierte en un argumento clave sobre centralidad funcional en contextos precarizados, invitando a cuestionar la frontera entre informalidad y estructura cuando la estabilidad territorial emerge desde prácticas subalternizadas.

Avanzando en estos razonamientos, habría que decir que la dimensión liminal del fenómeno (estigmatizado y apropiado a la vez) complejiza el diagnóstico urbano. La distribución casi equiparada entre percepciones negativas, neutrales y positivas (con un peso relevante de NS/NR) sugiere un régimen de silencios y ambivalencias que no anula la centralidad del prostíbulo, sino que la reafirma como marcador de frontera simbólica. En ese marco, surgen dos preguntas: ¿cómo se reconfigura la condición de hito y nodo cuando el reconocimiento público convive con la negación discursiva y con moralidades en conflicto? ¿En qué medida la estigmatización modulada (no absoluta) sostiene, antes que desactiva, la legibilidad espacial y la funcionalidad social de estos lugares?

Bajo este prisma, la coexistencia entre reconocimiento funcional y negación discursiva puede interpretarse a la luz de la teoría de la estigmatización territorial, puesto que describe cómo determinados lugares adquieren una marca simbólica negativa que condiciona tanto las prácticas sociales como las representaciones colectivas asociadas al espacio (Wacquant, Slater & Pereira, 2014). Desde esta perspectiva, el prostíbulo, además de operar como un nodo efectivo dentro de las redes cotidianas de movilidad y sociabilidad del corregimiento, funge como un espacio simbólicamente cargado de ambivalencia. Mientras su centralidad funcional lo convierte en un referente espacial claramente reconocido por los habitantes, su asociación con prácticas moralmente estigmatizadas genera estrategias discursivas de distanciamiento o negación pública: un fenómeno que reproduce lo que la literatura denomina «estigma de lugar», es decir, un proceso mediante el cual ciertos espacios son colectivamente marcados como socialmente indeseables, aun cuando desempeñen funciones clave en el día a día de la vida urbana (Spuler Santos, 2021; Mundell et al., 2024). Por tanto, la aparente paradoja entre visibilidad y negación, en vez de constituir una contradicción, se configura como una conditio sine qua non de los espacios asociados a economías informales o moralmente reguladas dentro de contextos urbanos marginales.

Los espacios liminales se caracterizan por operar simultáneamente dentro y fuera de los marcos normativos dominantes, funcionando como zonas de transición donde concurren normas contradictorias y prácticas socialmente ambiguas (Turner, 1969). En el caso analizado, el prostíbulo se estructura como un espacio inscrito en esta categoría, dado que es parte del sistema socioespacial del corregimiento (al articular flujos, encuentros y referencias territoriales), a pesar de permanecer discursivamente excluido de la narrativa oficial de la comunidad. En términos generales, dicha dualidad expone cómo algunos territorios periféricos producen formas particulares de organización urbana donde prácticas consideradas marginales se integran tácitamente en la vida cotidiana, aunque continúen siendo simbólicamente relegadas. En la dimensión urbana, estos espacios operan como dispositivos de mediación entre economía informal, sociabilidad local y moralidad pública, lo que posibilita comprender su persistencia dentro de estructuras territoriales aparentemente contradictorias (Picó-Gutiérrez et al., 2025).

Adicionalmente, la microterritorialidad observada indica que la centralidad no es homogénea: se articula en un eje interno con distintos gradientes de visibilidad. A la par, la discreción morfológica y los códigos socioescénicos descritos se integran a una economía del deseo que coproduce pertenencia, circulación y subsistencia, lo que refuerza el carácter de nodo relacional y no solo de punto de consumo. Por ello, surgen otras dos preguntas: si la centralidad funcional descansa en morfologías discretas y códigos locales, ¿qué efectos espaciales y sociales tendría su transformación abrupta por acciones de control o embellecimiento que rompan esos códigos?; dado el clúster interno, ¿cómo varían los patrones de uso, reconocimiento y conflicto entre barrios y qué implicaría eso para cualquier lectura de centralidad a escala del lugar?

Desde una perspectiva teórica, podría plantearse que la comprensión de los hitos y nodos no puede ni debe limitarse exclusivamente a criterios morfológicos o funcionales, como tradicionalmente ha ocurrido en la planificación urbana, pues en contextos de marginalidad territorial, los procesos de significación social del espacio adquieren un papel clave en la configuración de la estructura urbana. De este modo, los patrones urbanos contemporáneos no solo se organizan a partir de infraestructuras formales, sino también mediante redes informales de sociabilidad, movilidad y economía cotidiana que generan centralidades alternativas dentro del territorio.

A este respecto, el prostíbulo puede interpretarse como un polo informal que emerge de prácticas sociales concretas, de ahí que reconocer este tipo de centralidades permita ampliar y profundizar en el análisis de la estructura urbana, además de cuestionar las categorías normativas con las que tradicionalmente se analizan los espacios considerados «marginales».

CONCLUSIONES

Los resultados confirman la hipótesis: el prostíbulo en Aguas Blancas opera simultáneamente como un hito y un nodo urbano, concentrando flujos e interacciones en un contexto de precariedad urbana. En respuesta a la pregunta de investigación, la triangulación de datos comprobó que se trata de un hito porque se erige como una referencia espacial ineludible y un marcador simbólico arraigado en la memoria colectiva del corregimiento. Cumple un rol como punto de orientación y elemento clave en el mapa mental del territorio. Esto se refuerza por su longevidad atestiguada, que genera memoria territorial y trasciende su carácter estigmatizado para convertirse en parte de lo cotidiano.

Como nodo, el prostíbulo articula una compleja red de dimensiones económicas, sociales, simbólicas y afectivas que desbordan su aparente marginalidad. Es un espacio de subsistencia funcional impulsado por las necesidades económicas de las trabajadoras sexuales y por la ausencia de oportunidades laborales alternativas. Las narrativas recopiladas, junto con las causas estructurales identificadas, evidencian su función como un lugar de convergencia de flujos de distinta índole. Además, la percepción comunitaria del prostíbulo como espacio de entretenimiento o «necesidad social» lo consolida como centro de interacción y circulación en un entorno urbano que conecta personas, servicios, cuerpos, emociones y saberes subalternos.

En términos más amplios, los hallazgos permiten sostener que la ambivalencia simbólica del prostíbulo (a la vez aceptado y negado, visible e invisibilizado) es una condición constitutiva de su permanencia. La coexistencia de estigma, neutralidad y reconocimiento funcional lo convierte en un anclaje cognitivo y territorial, un hito liminal que organiza la experiencia colectiva del espacio. Esta persistencia, testimoniada en relatos orales y reforzada por la alta tasa de reconocimiento comunitario, demuestra que la marginalidad no excluye la centralidad, sino que la redefine desde los márgenes.

Por otra parte, la configuración espacial observada muestra que la centralidad funcional se estructura de forma selectiva, graduada y localizada. En estos espacios discretos, la economía del deseo articula relaciones afectivas, flujos económicos y formas de sociabilidad que sostienen la cohesión del territorio. Tales evidencias invitan a reconsiderar las categorías de informalidad y orden urbano, pues en Aguas Blancas la informalidad produce organización, sentido y memoria. En consecuencia, el prostíbulo emerge como un dispositivo socioespacial de orden alternativo, capaz de revelar las fisuras del urbanismo normativo y de proponer, desde lo marginal, una lectura más amplia de la ciudad contemporánea y de sus múltiples modos de habitarla.

Finalmente, los hallazgos también plantean implicaciones relevantes para la planificación urbana en contextos de informalidad. Convencionalmente, las políticas urbanas han tendido a invisibilizar o criminalizar espacios asociados a economías informales o prácticas socialmente estigmatizadas. No obstante, la evidencia empírica expuesta sugiere que dichos espacios pueden desempeñar funciones estructurales dentro de la organización socioespacial de territorios periféricos, por lo que soslayar estas dinámicas puede conducir a intervenciones urbanas desconectadas de la realidad territorial y de las redes sociales existentes. Por el contrario, incorporar una perspectiva que reconozca la complejidad simbólica y funcional de estos lugares permitiría avanzar hacia enfoques de planificación más sensibles a las prácticas sociales locales y a las formas de centralidad que emergen desde el diario vivir, además de visibilizar territorios y prácticas históricamente segregados de los discursos oficiales de la ciudad.

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Datos de los autores

Reynaldo Aparicio-Rengifo (1981, Palmira, Colombia). Arquitecto egresado de la Universidad de San Buenaventura en Cali (Colombia) (2005), con Maestría en Diseño y Arquitectura de Interiores de la Universidad Politécnica de Madrid (España) (2006) y Maestría en Arquitectura y Urbanismo de la Universidad del Valle (Colombia) (2017), donde también obtuvo su Doctorado en Ciencias Ambientales con una tesis meritoria (2021). Además, cuenta con un Posdoctorado en Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Veracruzana en México (2022). Categoría de investigación Asociado según convocatoria nacional Minciencias de 2024. Profesor de planta de la Universidad del Tolima. Líneas de investigación: gestión urbana, urbanismo participativo y táctico, sostenibilidad y resiliencia ambiental urbana, procesos de fragmentación físico-espacial en áreas urbanas y periurbanas, arquitectura bioclimática y diseño regenerativo, dinámicas socioespaciales del espacio público, informalidad y economías populares en plazas de mercado, y relaciones de poder y gobernanza urbana.

Idania Guette Castro (2003, Valledupar, Colombia). Estudiante de Geografía. Universidad Nacional de Colombia, Sede La Paz. Su trabajo de grado aborda el comercio informal y la producción social del espacio en la Galería Popular de Valledupar. Ha participado en proyectos de investigación en análisis territorial, fortaleciendo competencias en cartografía, Sistemas de Información Geográfica (SIG), teledetección y análisis de imágenes satelitales para el estudio de coberturas y usos del suelo.

Juan Guillermo Popayán-Hernández (1988, Florida, Colombia). Doctor en Ciencias Ambientales (Universidad del Valle), Magíster en Ingeniería Ambiental con énfasis en investigación (Universidad Nacional de Colombia), Ingeniero Ambiental (Universidad Nacional de Colombia). Es profesor asistente de tiempo completo en la Universidad Nacional de Colombia, Sede de La Paz, adscrito a la Dirección Académica, del programa de pregrado en Geografía. También investiga conflictos ambientales, cambio climático, hábitat y espacio público.

CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO: Aparicio-Rengifo, R.; Guette Castro I. & Popayán-Hernández, J. G. (2026). El prostíbulo: hito y nodo urbano en la organización socioespacial del corregimiento de Aguas Blancas-Valledupar, Colombia. Islas, 68(214): e1736. https://islas.uclv.edu.cu/index.php/islas/article/view/1736