IslaS, 67 (211): e1574; mayo-agosto, 2025.
Recepción: 26/12/2024 Aceptación: 27/04/2025
Artículo científico
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Yasmani Ceballos Izquierdo
Biblioteca Digital Cubana de Geociencias, Mayabeque, Cuba
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-5158-2547
Correo electrónico: yasmaniceballos@gmail.com
Johanset Orihuela
Florida International University, Florida, Estados Unidos
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-7806-603X
Correo electrónico: Jorih003@fiu.edu
RESUMEN
Introducción: El artículo tiene como objetivo analizar la obra de Ramón Meza. Se enfatiza especialmente en tres aspectos clave: su papel como cronista y divulgador del acontecer local, su interacción con el científico Carlos de la Torre y la relevancia de las primeras excursiones científicas en el municipio Madruga, Cuba.
Métodos: Se empleó el método histórico con un enfoque historiográfico para interpretar las crónicas de Meza y su relación con los eventos y figuras científicas de la época, situar sus contribuciones en el contexto social y económico de la etapa que impactaron en Madruga, e integrar las dimensiones culturales registradas en sus escritos.
Resultados: A través de sus artículos se examinó su rol como cronista y las interacciones científicas y culturales que se dieron en Madruga a principios del siglo xx. Estos evidencian su aporte a una ciencia inclusiva, vinculada al patrimonio natural y cultural local. Su colaboración con Carlos de la Torre lo sitúa en una red de intelectuales que promovieron la divulgación científica en Cuba.
Conclusiones: Meza desempeñó un papel crucial en la educación de la localidad a partir de la promoción de valores del patrimonio natural de Madruga y su diversidad cultural. Sus crónicas son un aporte al conocimiento científico y evidencian la necesidad de una ciencia inclusiva, que considere los aspectos técnicos y también el diálogo con las tradiciones y la cultura local. Su colaboración con Carlos de la Torre se inscribe en una red más amplia de intelectuales cubanos que buscaban hacer accesible la ciencia a un público no especializado.
PALABRAS CLAVE: Carlos de la Torre; ciencia cubana; crónicas; Madruga, Ramón Meza
ABSTRACT
Introduction: This article aims to analyze the work of Ramón Meza, with a special emphasis on three key aspects: his role as a chronicler and communicator of local events, his interaction with the scientist Carlos de la Torre, and the significance of the early scientific excursions in the municipality of Madruga, Cuba.
Methods: A historical method with a historiographic approach was used to interpret Meza’s chronicles and their relation to the scientific figures and events of the time. The study situates his contributions within the social and economic context that influenced Madruga and integrates the cultural dimensions reflected in his writings.
Results: Through his articles, Meza’s role as a chronicler and the scientific and cultural interactions in early 20th-century Madruga were examined. These writings highlight his contribution to an inclusive science connected to the local natural and cultural heritage. His collaboration with Carlos de la Torre places him within a network of intellectuals who promoted scientific dissemination in Cuba.
Conclusions: Meza played a crucial role in the education of the local community by promoting the values of Madruga’s natural heritage and cultural diversity. His chronicles contribute to scientific knowledge and underscore the need for an inclusive science that considers not only technical aspects but also dialogue with local traditions and culture. His collaboration with Carlos de la Torre forms part of a broader network of Cuban intellectuals striving to make science accessible to non-specialized audiences.
KEYWORDS: Carlos de la Torre; chronicles; Cuban science; Madruga; Ramón Meza
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Escritura y/o revisión del artículo:
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Ramón Meza y Suárez Inclán (1861-1911), crítico literario, historiador, profesor, Licenciado en Derecho, Doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana, y miembro fundador de la Academia de la Historia de Cuba en 1910, fue una de las figuras más notables, pero quizá menos conocida, del panorama intelectual cubano a finales del siglo xix y principios del xx. Su obra literaria, particularmente la novela Mi tío el empleado (Meza, 1887), le asegura un lugar en la historia de las letras cubanas.
Sobre esta novela, José Martí publicó una reseña en El Avisador Cubano, en la ciudad de Nueva York, en abril de 1888, donde comenta sobre la obra y resalta de su autor su capacidad para subordinar el lenguaje al concepto y para componer obras de gran profundidad y cohesión narrativa:
Ya Meza sobresale por su honrado y constante deseo de emplear la palabra propia, necesaria y gráfica; pero lo que anuncia en él al escritor no es esta caza del vocablo, aunque sin ella no hay belleza durable en la literatura, sino la determinación de subordinar el lenguaje al concepto, el don de ver en conjunto y expresar fielmente, la capacidad de componer un plan vasto, con sus caracteres, incidentes y colores, y la firmeza indispensable para conducirlos al fin propuesto, no enseñándose a cada paso a que le vean la imagen rica o la frase bien cortada, sino como olvidado de sí, y guiando la acción desde afuera. (Martí, 1888, p. 128)
Los artículos periodísticos de Meza, publicados en su mayoría en medios como La Habana Elegante, Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, Cuba y América, Revista Cubana, El Fígaro y Patria, junto a sus libros, hacen de este hombre uno de los escritores más prolíferos de su tiempo (Figarola-Caneda, 1909; Rodríguez Lendián, 1915; García Yero, 2011). Sin embargo, su faceta como cronista, especialmente en relación con la vida científica y cultural de Madruga, sigue siendo poco explorada y merece una atención más profunda. En sus crónicas publicadas en la revista Cuba y América, Meza documenta importantes eventos y figuras que marcaron la vida de este municipio.
Madruga, situada al este de la actual provincia Mayabeque, es un municipio rico en patrimonio cultural y natural (Ceballos-Izquierdo et al., 2022), que vivió transformaciones sociales, económicas y culturales significativas a principios del siglo xx. La llegada de turistas, naturalistas y científicos, junto con las excursiones que exploraban su geografía, posicionaron a Madruga como un punto de interés dentro de la ciencia y la cultura cubana. En este contexto, Meza se erige como un observador atento, ofreciendo en sus escritos una mirada crítica sobre los impactos de estos fenómenos en la vida local.
El objetivo de este artículo es analizar la obra de Ramón Meza desde la perspectiva de su contribución a la documentación histórica, científica y cultural de Madruga. Se hará especial énfasis en tres aspectos clave: su papel como cronista y divulgador del acontecer local, su interacción con el científico Carlos de la Torre y la relevancia de las primeras excursiones científicas en el municipio.
Para esta investigación se analizaron las crónicas de Ramón Meza publicadas en la revista Cuba y América, El Fígaro y otros artículos, disponibles en archivos históricos y bibliotecas digitales especializadas, dedicadas al estudio de la prensa cubana de finales del siglo xix y principios del xx. También se consultaron obras biográficas relacionadas con Carlos de la Torre y Huerta, así como textos dedicados al desarrollo de la ciencia en Cuba en ese período (Álvarez-Conde, 1951a, 1951b, 1957, 1958).
A lo largo del texto se destacan dos ubicaciones en particular: la Loma de la Gloria y la Loma de la Jíquima. Para facilitar al lector la localización geográfica de estas elevaciones dentro del municipio de Madruga, se incluye un mapa de la época al que se hará referencia más adelante en este artículo (Fig. 1).
Se ha utilizado el método histórico, centrado en la interpretación de las crónicas de Meza y su relación con los eventos y figuras científicas de la época. Además, se ha aplicado un enfoque historiográfico para situar las contribuciones de Meza en el contexto social y económico de la Cuba de principios del siglo xx, a partir de las consideraciones sobre los cambios que impactaron a Madruga.
Los textos primarios se complementaron con fuentes secundarias sobre Madruga, particularmente estudios relacionados con la calcedonia, y sobre la vida y obra de Carlos de la Torre. Este enfoque permite integrar las dimensiones como culturales que Meza registró en sus escritos.
Figura 1. Mapa firmado por Carlos de la Torre, con la ubicación de Madruga y sus elevaciones al este de la antigua provincia Habana
Fuente: Aguayo y De la Torre (1907)
Ramón Meza no solo fue un literato destacado, sino también un testigo privilegiado de los profundos cambios sociales y culturales que se sucedían en su entorno. En varios de sus artículos para la revista Cuba y América, capturó con agudeza los procesos de transformación que ocurrían en Madruga, desde su lente crítico. Sus textos son un reflejo de un momento clave en la historia de este municipio, en los que convergen su amor por la región y su anhelo de impulsarla hacia el progreso.
En sus «Impresiones», firmadas en Madruga el 30 de julio, Meza (1907) combina admiración y crítica al describir la belleza natural de la región, contrastándola con el estancamiento en el desarrollo de su población. Comparaba los pueblos cubanos, incluyendo Madruga, con pequeñas localidades de Europa y Norteamérica, subrayando la falta de infraestructura y el deterioro en las aldeas cubanas, donde predominaban tejados ruinosos, calles sin pavimentar y plazas descuidadas. A pesar de la riqueza natural, con bosques, palmas y vistas panorámicas como las de la Loma de Jíquima, la falta de espíritu público y de colaboración entre los habitantes impedía que estos recursos se aprovecharan para el bienestar colectivo.
Figura 2. Madruga en 1907. En orden de izquierda a derecha: Cuartel de la Guardia Rural, La plaza y el Hotel San Luis, Paradero del Ferrocarril, La Iglesia, Baños El Tigre, Los baños El Templado y La Paila.
Fuente: Ramón Meza en Cuba y América
En un pasaje particularmente evocador, Meza reflexiona mientras contempla la puesta de sol en la Loma de la Gloria. El tono utilizado en este pasaje refiere al parecer una visita en solitario de Meza a la elevación, pero hay indicios de que estas visitas eran frecuentes. En Meza (1910a) se menciona una visita en el mes de julio y también, otras excursiones a la Loma de la Gloria, a la del Grillo y también a la Jíquima. Estas visitas a las elevaciones más icónicas de Madruga revelan el profundo vínculo emocional de Meza con el entorno natural. En la Loma de la Gloria, rodeado de un paisaje que mezcla belleza natural y simbolismo histórico, con monumentos a los caídos por la libertad y vistas de antiguos ingenios, Meza experimenta nostalgia y desilusión:
[…] una puesta de sol que marcaba entre franjas rojas las quiebras de la sierra, las torres de dos ingenios vecinos, el de Santa Rita y San Antonio, y bañaba de rojo los viejos muros del cementerio del pueblo y la cúpula del campanario donde una esquila despedía la luz, sentía invencible nostalgia y me asaltaron ideas extrañas. (Meza, 1907, p. 88)
La grandeza de la naturaleza contrasta con la decadencia de las poblaciones cercanas, y la frustración de Meza por su incapacidad de transformar el entorno se hace evidente. Su desconfianza en los resultados de sus esfuerzos, especialmente después de su destitución como concejal, lo lleva a refugiarse en la belleza eterna del paisaje, que eleva sus sentimientos y lo separa de los conflictos y fracasos humanos.
En los relatos sobre la Loma de la Gloria, de Meza (1907) y Segarra (1899), encontramos dos narrativas de perspectivas contrastantes de las ascensiones. Meza, solitario, frustrado y nostálgico, ve el ascenso como un refugio emocional ante su incapacidad de cambiar el entorno decadente. En cambio, Segarra, otro cronista de Madruga, describe una visita en grupo, turística, alegre y vivencial. Aunque sus reacciones a la experiencia difieren en tono y significado, ambos coinciden en la emoción intensa que les provoca el majestuoso paisaje.
En otro texto posterior titulado «Madruga», Meza (1907b) comienza a brindar lo que podríamos llamar hoy apuntes geográficos de Madruga, con un lenguaje casi poético, describiendo con admiración la riqueza natural del entorno y contrastándola con el descuido humano y la falta de progreso en la vida cotidiana del pueblo. Describe y elogia la fertilidad del suelo, la belleza de las montañas y la abundante vegetación, que incluye diferentes tipos de muestras geológicas de interés. Aunque los habitantes locales parecen ignorar estas maravillas naturales, Meza (1907b) destaca la armonía entre el entorno natural y el balneario, donde brotan aguas sulfurosas y las flores crecen en jardines semiabandonados. Para él, Madruga representa un paraíso perdido, un lugar de belleza y potencial no valorado ni desarrollado adecuadamente, en contraste con los pueblos veraniegos de Europa y Norteamérica.
En sus «Notas» (agosto de 1907), Meza (1907c) continúa ofreciendo datos geográficos de la Madruga que vio, enfocándose en las carreteras y el campesinado cubano. Lamenta el aislamiento entre los pueblos debido a las malas condiciones de los caminos, que se vuelven intransitables tras fuertes lluvias. Este aislamiento impide la comunicación entre localidades cercanas, haciéndolas parecer remotas. Compara esta situación con las eficaces infraestructuras de Florida, donde los crackers transportan productos agrícolas al mercado de manera eficiente, en contraste con la rudimentaria forma en que los campesinos cubanos manejan sus bienes, generalmente a caballo o en carretas de carga parcial.
Meza (1907c) también resalta el carácter del campesino cubano de la época, describiéndolo como hospitalario y trabajador, aunque víctima de engaños y depredaciones. A pesar de estas adversidades, sigue siendo el principal motor de la producción agrícola del país, aunque limitado por la falta de educación agrícola adecuada.
Figura 3. Madruga en 1907. En orden de izquierda a derecha: Calle de Céspedes, excursión de niñas del colegio San Vicente de Paul en 14 de Julio de 1907, Hotel San Carlos, Camino de Madruga, Trasbordadora y pesa del ingenio San Antonio, Coro de los Abanicos, La Marquesita escena última.
Fuente: Ramón Meza en Cuba y América
El progreso de la nación, según Meza (1907c), debe pasar por la mejora de los caminos y la educación del guajiro, a quien considera una «materia sana» para el desarrollo futuro. Finalmente, Meza reflexiona sobre la importancia de la horticultura en los alrededores de la capital y sugiere que el campesinado cubano podría aprender de los asiáticos para aprovechar mejor los recursos naturales del país.
En su análisis de las fiestas tradicionales de los pueblos («Notas» firmadas en Madruga, septiembre de 1897), Meza (1907d) observa cambios significativos en los últimos años. Rememora festividades de su infancia, como torneos, fuegos artificiales y bailes, pero señala que algunas actividades tradicionales han desaparecido. Aunque estos cambios han llevado a un avance cultural, Meza critica la falta de evolución en la forma en que los campesinos se divierten y el limitado impacto de las festividades en el desarrollo de los pueblos. Aboga por un cambio en el enfoque de las fiestas y actividades comunitarias, sugiriendo que, en lugar de centrarse en espectáculos efímeros, se debería estimular a campesinos, ganaderos y horticultores a presentar y competir con los mejores productos de sus fincas. Esto no solo fomentaría el progreso y la cultura, sino que también promovería la concordia y el aprecio mutuo entre los habitantes de los pueblos, transformando las fiestas en eventos que impulsen el desarrollo local y mejoren la calidad de vida en las comunidades.
Además, Meza aborda aspectos de la vida cultural local, como las primeras fiestas populares, que combinaban tradiciones religiosas con nuevas influencias traídas por el contacto con otras regiones de Cuba. Sus crónicas proporcionan una visión única de Madruga en un período de intensas transformaciones sociales, económicas y culturales, destacando su habilidad para entrelazar lo cotidiano con lo excepcional (Figs. 2 y 3).
En el mes de julio de 1910, el personal completo del Diario de la Marina, bajo la coordinación de Ramón Meza, se trasladó a la localidad de Madruga con el propósito de rendir homenaje a su director, don Nicolás Rivero y Muñiz. La jornada comenzó con un solemne acto de bendiciones celebrado en la iglesia local y en la sede de la Sociedad del Copey, reflejando el carácter ceremonial y festivo del encuentro.
La comitiva, compuesta por 65 integrantes del periódico, emprendió su viaje desde Regla, La Habana. Desde allí, se desplazaron hasta la estación del Empalme, para luego continuar hasta Madruga a bordo del ferrocarril. El itinerario, cuidadosamente planificado, no solo destacó por su precisión logística, sino también por el entusiasmo que acompañaba a los participantes en cada etapa del trayecto. Al arribar a Madruga, fueron recibidos con alegría y entusiasmo por el propio don Nicolás Rivero y Muñiz, quien aguardaba su llegada con hospitalidad.
Una vez reunidos, la comitiva inició un recorrido en caravana por las pintorescas calles del poblado. Este trayecto incluyó una parada en la iglesia local, donde los asistentes participaron en una misa especialmente organizada para la ocasión. Finalizada la ceremonia religiosa, la caravana retomó su marcha, dirigiéndose al emblemático Hotel Delicias del Copey, rodeado por los cautivadores paisajes de Madruga que ofrecían un marco perfecto para la celebración.
El almuerzo, planeado con esmero, tuvo lugar bajo la sombra de una frondosa arboleda de mangos. Originalmente preparado para los 65 excursionistas iniciales, el evento creció en magnitud y reuniendo a 115 comensales, gracias a la integración de invitados locales como la familia Meza y Suárez Inclán y otros participantes que se unieron a la celebración. El menú, representativo de la cocina criolla, incluyó arroz con pollo y cerdo asado, platos que deleitaron a los asistentes y estuvieron a la altura de la ocasión.
Un momento destacado del encuentro fue la intervención de un poeta, que recitó versos y de un discurso ofrecido por el propio Ramón Meza exaltando al Diario de la Marina. Este discurso fue publicado íntegramente a los pocos días en el mencionado diario.
El 25 de agosto de 1910, día de fiesta tradicional en Madruga en honor a su patrono, San Luis Rey de Francia, se celebró una jornada cívica y cultural impulsada por Ramón Meza, conocida como la Fiesta del Árbol. Según lo describe el cronista (Meza, 1910b), bajo un cielo de azul transparente, las palmas lucían sus verdes penachos iluminados por un sol radiante, mientras las mariposas jugaban entre las flores y los sinsontes cantaban entre los naranjos cargados de azahares.
Ese día —según narra Meza (1910b)— lleno de luz, perfumes y la belleza de la naturaleza, fue elegido por los temporadistas de Madruga para realizar este acto de comunión con la tierra, un respiro de alegría y pureza tras tantas amarguras y decepciones. Estas horas de expansión y regocijo no solo nutren el espíritu, sino que renuevan fuerzas para enfrentar los desafíos y sostener los ideales, incluso después de derrotas y desilusiones.
La comunidad se reunió frente a una modesta tribuna adornada con la bandera cubana, y bajo esa enseña patria se gestó un acto que exaltaba la cultura, la educación y el respeto por la naturaleza. Las campanas de la torre de la iglesia, que se alzaba como un centinela si se observaba en dirección a los paisajes accidentados de la Sierra del Grillo, anunciaron el inicio de las actividades. Tras la misa, una procesión ordenada partió hacia la casa del señor J. M. Santos, vecino de la plaza, donde se plantaron los primeros álamos en hoyos decorados con flores y cintas multicolores. Veinte álamos más se plantaron en aquella misma mañana para completar el arbolado del parque central del balneario, conforme a su plano (Meza, 1910b).
Los preparativos habían comenzado días antes. En el hotel Delicias del Copey y la sociedad Martí, se realizaron elecciones para designar a las madrinas y portadores de los árboles. Los grupos, formados por mujeres y jóvenes, se distinguían por sus diversos colores: rojo, lila, blanco, azul, rosa, verde nilo, naranjo y verde esmeralda. Cada conjunto lucía cintas, velos y ornamentos que, junto a los tiernos brotes, componían un cuadro digno de las epopeyas griegas.
La procesión avanzó por las calles al ritmo de la música, mientras las madrinas portaban regaderas ornamentadas, simbolizando el cuidado y amor por los árboles. Los niños, las jóvenes y sus acompañantes desfilaron entre una sinfonía de flores: lirios, aguinaldos, claveles, rosas, crisantemos y pasionarias, un verdadero homenaje a la biodiversidad (Meza, 1910b).
Figura 4. Madruga, 25 de agosto de 1910. Dos aspectos de la concurrencia al pronunciar su discurso Ramón Meza y Alfredo Zayas, durante le Fiesta del Árbol.
Fuente: El Fígaro
El propio Meza hizo uso primeramente de la palabra, a nombre de la comisión organizadora, y resaltando la importancia de estas fiestas para la cultura del pueblo (Fig. 4). En un ambiente solemne, marcado por el simbolismo de la bandera y la unión comunitaria, se destacó la importancia de fomentar actos cívicos como la plantación de árboles en plazas, calles y carreteras. Este gesto alineado con los pensamientos de Meza, buscaba cultivar amor por la naturaleza, educación cívica y valores comunitarios, especialmente entre los niños. Se lamentó la pérdida de una ceiba emblemática que adornaba la plaza desde la constitución de la República de Cuba, aclarando que su retiro no fue intencional, sino necesario por trabajos de remodelación. No obstante, se expresó el deseo de que los nuevos árboles sembrados por las manos de los niños, las madres y las jóvenes del pueblo crecieran robustos y dieran sombra a las generaciones futuras.
Después, el reverendo P. Ortiz, hijo del pueblo y canónigo de la Catedral, ofreció un emotivo discurso. Recordó con nostalgia su juventud y los días en que, con devoción, servía a la comunidad desde los altares de la iglesia, dedicando palabras de afecto y humanidad a sus vecinos. Entre discursos, el Dr. Alfredo Zayas, entonces vicepresidente de la República, ensalzó la ceiba cubana como símbolo de unidad y fortaleza. Sus palabras fueron un llamado a la cooperación y al patriotismo, comparando a la sociedad cubana con un robusto árbol cuyas ramas y raíces se nutren de la misma savia (Meza, 1910b).
En medio de los aplausos que premiaban las palabras de los oradores, un mensajero llegó con una poesía escrita por la destacada poetisa Dulce María Borrero de Luján. A pesar de sus dolencias, dedicó una composición especial para la ocasión, que fue leída por el Sr. Zayas desde la tribuna. La comisión organizadora, integrada por J. M. Santos, Francisco Marill, Jaime Fargas, José Avendaño, Miguel Artiles, Rufino Alarcón y José Martínez, expresó su gratitud a los oradores y a la poetisa por su contribución al éxito de la celebración.
El acto continuó con una emotiva marcha liderada por niños que llevaban ornamentadas palmeras, seguidos por otros grupos que transportaban álamos hasta los lugares previamente designados. En cada punto, jóvenes participantes cubrieron con tierra las raíces de los árboles, mientras las madrinas los regaban con agua cristalina del famoso Copey, al son del Himno Nacional que resonaba en el aire. La comisión agradeció a las autoridades locales y a los Departamentos de Obras Públicas y Sanidad por su apoyo desinteresado, que garantizó el éxito de la jornada.
El acto culminó con la plantación de los álamos restantes, completando el arbolado del parque central según el diseño previsto. Era un gesto que iba más allá del ornamento: simbolizaba la esperanza, el compromiso con la naturaleza y el futuro de las generaciones por venir. La Fiesta del Árbol sembró una semilla de civismo que resonaría en el tiempo (Meza, 1910b).
Una de las contribuciones más significativas de Ramón Meza fue documentar y promover la relación entre la ciencia y la cultura en Madruga, particularmente a través de su vínculo con Carlos de la Torre y Huerta, renombrado naturalista y uno de los científicos cubanos más destacados. De la Torre, conocido por sus estudios en malacología y paleontología (cfr. De la Torre, 1909, 1910a), se vinculó con Meza, quien dejó registro de sus interacciones y trabajos conjuntos en sus crónicas (Meza, 1907e, 1910a). Este intercambio productivo entre ambos intelectuales reflejó cómo la ciencia podía integrarse con el ámbito cultural de la región.
De la Torre llegó a Madruga no solo atraído por sus aguas y la belleza del paisaje, sino también por la biodiversidad de lugares emblemáticos como la Loma de la Gloria y la Sierra del Grillo. Según Álvarez-Conde (1951a), pasaba sus vacaciones en Madruga junto a su familia, y en un incidente memorable, fue solicitado como médico para atender a un niño enfermo. Tras examinarlo, se encargó de comprar las medicinas él mismo y días después regresó con juguetes y ropa para el paciente, lo que resaltó su humanismo y compromiso con la comunidad. Este gesto fue ampliamente comentado entre los vecinos, destacando la generosidad de De la Torre.
En los escritos de Meza se describe el interés cultural de De la Torre, quien participó activamente en eventos sociales de la comunidad madruguera (Meza, 1907e). El naturalista aparece como un participante activo en las festividades locales, ofreciendo un discurso en las Fiestas de San Luis el 25 de agosto (no se ha podido precisar si de 1897 o 1907), donde organizó actividades culturales y recreativas para los habitantes del pueblo (Fig. 5).
Otro de los eventos memorables fue una comedia organizada en el Centro Martí, donde De la Torre dirigió un elenco de residentes y temporadistas que participaron en la representación de La Marquesita de Vital Aza. Según Meza (1907e), la actuación fue un éxito rotundo, destacando el papel clave de Carlos de la Torre tanto en la dirección como en la organización de los números musicales y poéticos que complementaron la función. La noche incluyó poesías recitadas por la Srita. Sanabria, canciones interpretadas por la Srita. C. Yarini, y piezas musicales a cargo de la Srita. Amelia Jorge y el profesor de piano Sr. William Vilanova. Un momento destacado fue el «coro de abanicos», interpretado por jóvenes como Teté Azoy, Blanca Aurora, Rosa y Margot de la Torre, entre otras, bajo la dirección de la Sra. Pérez Ricart de Delmonte. Al finalizar, los temporadistas obsequiaron a los participantes una corona de flores naturales y artificiales, elaborada por Piquín y presentada por la pequeña Julita Granda, lo que fue recibido con gran entusiasmo. María Teresa Soler fue reconocida por su rol como apuntadora, y Carlos de la Torre por su contribución decisiva al éxito del evento. Esta velada no solo celebró el talento y la cooperación, sino que también fortaleció los lazos entre los temporadistas y la comunidad local, convirtiéndose en una ocasión especial para todos los asistentes (Fig. 3).
Figura 5. Discurso del Dr. Carlos de la Torre en las fiestas de San Luis, 25 de agosto.
Fuente: Ramón Meza en Cuba y América
Además de sus aportes en el ámbito cultural, Carlos de la Torre llevó a cabo importantes excursiones científicas a las elevaciones cercanas al pueblo de Madruga, acompañado por investigadores locales y extranjeros (Meza, 1910a). Meza subrayó en sus relatos la trascendencia de estos eventos, que no solo revelaron la riqueza natural de la región, sino que además marcaron el inicio de estudios geológicos en el área (Meza, 1910a). Durante estas expediciones, los descubrimientos de fósiles y formaciones rocosas estimularon la curiosidad científica y establecieron a Madruga como un punto de interés para futuros estudios.
En 1907, Carlos de la Torre y José María Aguayo publicaron un tratado elemental de geografía que incluía un mapa firmado por De la Torre en 1906 y una fotografía de los baños de Madruga, presumiblemente tomada por él durante su estancia en el pueblo (Fig. 6). Este mapa y la imagen (Figs. 1 y 6), presentes en el tratado (Aguayo y De la Torre, 1907), muestran su meticulosa atención a los detalles y su habilidad como investigador y observador, combinando ciencia y arte en sus contribuciones geográficas. La obra fue uno de los primeros esfuerzos por presentar la geografía cubana de manera sistemática y visual, lo que fortaleció la colaboración científica y educativa en el ámbito nacional.
Figura 6. Baños de Madruga.
Fuente: Aguayo y De la Torre (1907)
Además de sus reflexiones sobre la cultura local y los paisajes, Ramón Meza también puso la mira en los descubrimientos geológicos de Madruga, en particular, el hallazgo de diferentes rocas y de calcedonia (Meza, 1907b, 1910a). Este mineral, una forma criptocristalina de cuarzo, atrajo el interés de naturalistas de la época por su pureza, rareza y valor estético. La calcedonia de Madruga no solo era apreciada por su variedad estalactítica, sino también por su belleza y el atractivo que generaba entre los coleccionistas de minerales, lo que estimuló el estudio de la región desde una perspectiva geológica.
Aunque en 1940, un reporte anónimo daría a conocer a la comunidad científica mundial la presencia de calcedonia estalactítica en las lomas de Madruga (Anónimo, 1940), en realidad su existencia esta era conocida desde los tiempos de Meza e incluso mucho antes (Presas, 1866).
Entre los años 1903 y 1907, un período contemporáneo con la presencia de Ramón Meza en Madruga, varios investigadores del Carnegie Museum realizaron expediciones en la Sierra del Grillo y en otras localidades de la región, donde colectaron una diversidad de materiales. Entre estos, se incluyeron minerales, insectos y miriápodos, tres conchas fósiles, un peine, y un fragmento de machete que posiblemente perteneció a los mambises. Un ejemplar de calcedonia, de los seis enviados a la institución, permanece actualmente en la colección del Carnegie Museum (Debra Wilson, comunicación personal). Es plausible que estas excursiones estuvieran, al menos en parte, influenciadas o relacionadas con Meza y la popularización de los hallazgos en Madruga. La convergencia entre los textos de Meza y las expediciones del Carnegie Museum sugiere una posible conexión de intereses que pudo haber servido de estímulo para la visita de los científicos de la institución. Es posible que estos investigadores consideraran a la región de Madruga como un punto clave para el estudio científico de la naturaleza, atraídos tanto por los descubrimientos geológicos como por los aspectos naturales que Meza había destacado en sus escritos.
En 1910 Meza remitió una carta al Dr. Carlos de la Torre, y envió una caja con una colección de seis ejemplares de minerales recogidos en un barranco de la Loma de la Jíquima, cerca de Madruga. Meza pensaba que las curiosas formas de estos ejemplares podrían tener origen orgánico o tratarse de restos fósiles. Sin embargo, tras un análisis detallado, De la Torre confirmó que se trataba de incrustaciones de calcedonia estalactítica, formadas cuando el cuarzo, en estado de sílice gelatinoso, se deslizó entre las grietas de la roca caliza (Anónimo, 1910; De la Torre, 1910b). Este hallazgo fortaleció el conocimiento sobre estos minerales en Madruga y el país, tras confirmarse la presencia de cuarzo en diversas localidades.
A pesar de sus dudas iniciales, Meza había señalado en su correspondencia que estos ejemplares podrían servir como una lección experimental sobre los errores a los que los aficionados, por bien intencionados que sean, pueden estar expuestos. La fascinación por la calcedonia también alcanzó a familiares de Carlos de la Torre, como Ricardo de la Torre, quien quedó impresionado por la calidad de los ejemplares encontrados y visitó la Loma de la Jíquima en enero de 1916.
Meza se dedicó a difundir estos descubrimientos, popularizando la ciencia fuera de los círculos académicos y conectando el conocimiento científico con la vida cotidiana de los habitantes de Madruga. De esta manera, los lugareños empezaron a percibir cada vez más la riqueza natural que los rodeaba, y comenzaron a ver su entorno con otros ojos, apreciando no solo su belleza, sino también su valor científico. Este enfoque ayudó a seguir consolidando la importancia de Madruga no solo como un espacio de interés cultural, sino también como un punto relevante en el panorama científico de Cuba.
La Loma de la Gloria, una de las áreas más destacadas de Madruga, fue un punto clave para las primeras excursiones turísticas y científicas en la región (Hazard, 1871; Segarra, 1899). Las investigaciones llevadas a cabo en este lugar no solo permitieron descubrir una amplia diversidad biológica, sino también geológica que atrajo a científicos como Carlos de la Torre. Las crónicas de Meza detallan estas primeras expediciones, subrayando la importancia de la colaboración entre investigadores locales y extranjeros.
Meza (1910a) realizó un ensayo sobre una excursión escolar a la Loma de la Gloria en el verano de 1907 ofreciendo una rica descripción de una actividad de aprendizaje práctico y científico, en la que los niños locales participaron activamente en la colección de muestras geológicas. Esta experiencia resalta el interés por la educación y el aprendizaje de los niños de la época, sino también el vínculo entre la observación de la naturaleza y el estudio científico.
El objetivo de esta actividad era despertar la atención de los niños hacia las rocas y otros objetos naturales que formaban parte de su entorno cotidiano, pero que rara vez se veían con un enfoque analítico. Se destaca en el relato de Meza (1910a) que los niños, entre los 7 y 12 años, guiaron y acompañaron a los temporadistas en sus paseos por las lomas y valles de Madruga, particularmente a la Loma de la Gloria. Durante la excursión, se les animó a observar y colectar diferentes tipos de rocas, describiendo sus características visibles. Este tipo de enseñanza basada en la experiencia es un testimonio del enfoque pedagógico avanzado de la época, que promovía el aprendizaje a través de la observación directa de la naturaleza. Los ejemplares colectados en esa ocasión luego culminarían en la creación de una colección de muestras geológicas para el Museo Pedagógico de la Universidad de La Habana.
Un aspecto crucial que merece ser subrayado es la mención también aquí de la presencia del Dr. Carlos de la Torre, quien fue partícipe en esta actividad y realizó observaciones sobre una de las rocas recogidas, identificando en ella posibles huellas fosilizadas de un pequeño crustáceo (Meza, 1910a). Este detalle refuerza la importancia de la colaboración entre Meza y De la Torre, integrando las excursiones educativas con la investigación científica. La interacción de los niños con el entorno y el descubrimiento de diferentes tipos de minerales, como cuarzos, serpentinas y otros, proporciona un valioso ejemplo de cómo las excursiones escolares contribuyeron a la educación geológica y científica temprana en Cuba.
Este relato no solo documenta una excursión escolar, sino que refleja la importancia de la Loma de la Gloria como un sitio de interés tanto para la enseñanza como para la investigación científica, reforzando el legado cultural y pedagógico de la época en Madruga.
Las excursiones a la Loma de la Gloria no solo aportaron al conocimiento científico de la región, sino que también tuvieron un impacto cultural significativo. A través de la divulgación de estos hallazgos, Meza contribuyó a crear una conciencia sobre la importancia de la preservación y el estudio del entorno natural de Madruga. En este sentido, sus crónicas se convierten en una ventana a la interacción entre la ciencia y la cultura en un contexto rural, mostrando cómo la exploración científica podía transformar tanto el conocimiento como la visión de la vida cotidiana de un pequeño pueblo cubano.
La colaboración entre Ramón Meza y Suárez Inclán y Carlos de la Torre representa un ejemplo emblemático de cómo la ciencia y la cultura convergieron a principios del siglo xx en Cuba, con Madruga como uno de los escenarios centrales para el desarrollo de esta relación. La documentación de estas interacciones no solo preserva el legado de ambos intelectuales, sino que también destaca la importancia de integrar el conocimiento científico con el entorno social y cultural de una comunidad.
A través de su labor como cronista, Meza desempeñó un papel crucial en la educación y sensibilización de la población local, promoviendo una apreciación del patrimonio natural de Madruga. Sus crónicas no solo son un aporte al conocimiento científico, sino también enfatizan la rica diversidad cultural del municipio, y contribuyen a la construcción de una identidad cubana en un periodo de intensos cambios.
Además, la colaboración de Meza y De la Torre se inscribe en una red más amplia de intelectuales cubanos que buscaban hacer accesible la ciencia a un público no especializado. Este esfuerzo por democratizar el conocimiento científico resuena en las excursiones educativas que organizó, donde niños y adultos aprendieron a observar y valorar su entorno desde una perspectiva científica.
Finalmente, las contribuciones de Meza invitan a reflexionar sobre la necesidad de una ciencia inclusiva, que no solo considere los aspectos técnicos, sino que también dialogue con las tradiciones y la cultura local. De esta manera, su obra se convierte en un testimonio del potencial transformador de la ciencia en el desarrollo comunitario, donde se destaca la importancia de preservar el patrimonio cultural y natural en la construcción de un futuro más consciente y sostenible para Madruga y su gente.
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Johanset Orihuela (Matanzas, 1983). Licenciado en Geología y Paleontología por la Universidad Internacional de la Florida (FIU). Ha realizado investigaciones geológicas, paleontológicas, arqueológicas e históricas en Cuba, las Antillas Mayores y otras partes en Europa e Hispanoamérica. Ha publicado una centena de artículos científicos, reseñas en revistas especializadas y de divulgación general; además, participa en eventos y talleres científicos nacionales e internacionales. Es miembro de las sociedades Geological Society of America, la Society for Vetebrate Paleontologists y las sociedades honoríficas Sigma Xi y de Geoquímica.
Cómo Citar este artículo: Ceballos, Y.; Orihuela, J., A. (2025). El legado científico y cultural en las crónicas de Ramón Meza y Suárez Inclán. Islas, 67(211): e1574.
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ISSN: 0042-1547 (papel) ISSN: 1997-6720 (digital)
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