ISLAS, 68 (213): e1641; enero-abril, 2026.

Recepción: 31/05/2025 Aceptación: 13/10/2025

Artículo científico

Meridianos culturales y otros demonios ideológicos: la joven vanguardia intelectual y el largo proceso de la integración latinoamericana

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Cultural Meridians and Other Ideological Demons: The Young Intellectual vanguard and the Long Process of Latin American Integration

Armando Juan Raggi Rodríguez

Fundación Alejo Carpentier, La Habana, Cuba

ORCID: https://orcid.org/0009-0008-9194-7131

Correo electrónico: armandoraggi@gmail.com

RESUMEN

Introducción: Entre 1927 y 1928, la vanguardia cultural cubana y sus homólogas latinoamericanas participaron en intensos debates ideológicos suscitados por las pretensiones de un sector de la intelectualidad matritense de convertirse en meridiano cultural y por las polémicas sostenidas durante las sesiones del VII Congreso de la Prensa Latina. Sucesos poco abordados por la historiografía cubana. Por ello, este trabajo pretende analizar los debates y la postura adoptada por la vanguardia cultural cubana, así como el funcionamiento de sus redes intelectuales.

Métodos: Fueron emplearon los presupuestos metodológicos de la historia intelectual y de sus categorías: intelectuales y redes intelectuales. Para la consecución de los objetivos propuestos se analizaron revistas vinculadas a la vanguardia cultural y las publicaciones periódicas Diario de la Marina y Heraldo de Cuba; así como la correspondencia de protagonistas de estos sucesos.

Resultados: La información resultante del análisis de los materiales revisados, no solo permitió reconstruir el desarrollo de los debates ideológicos y de la postura adoptada por la vanguardia cultural, sino que además posibilitó elaborar un diagrama reticular de las redes intelectuales durante el periodo estudiado.

Conclusiones: La postura adoptada en ambos sucesos por la vanguardia cultural cubana fue coherente con la búsqueda de su razón de ser, que los condujo a establecer redes intelectuales con sus homólogos en una indagación constante de nuevos sentidos a una vocación integradora latinoamericanista en contraposición a modelos de dominación hegemónica.

PALABRAS CLAVE: Vanguardia cultural; Redes intelectuales; Meridiano cultural; Congreso Prensa Latina

ABSTRACT

Introduction: Between 1927 and 1928, the Cuban cultural vanguard and its Latin American counterparts engaged in intense ideological debates sparked by the ambitions of a sector of Madrid’s intellectual circles to position themselves as a cultural meridian, as well as by the controversies that took place during the sessions of the VII Latin American Press Congress. These events have been scarcely addressed in Cuban historiography. Therefore, this study aims to analyze these debates, the stance adopted by the Cuban cultural vanguard, and the functioning of its intellectual networks.

Methods: The methodological framework of intellectual history was employed, particularly its core categories: intellectuals and intellectual networks. To achieve the proposed objectives, journals associated with the cultural vanguard were analyzed, along with the newspapers Diario de la Marina and Heraldo de Cuba, as well as correspondence among key figures involved in these events.

Results: The analysis of the reviewed materials not only made it possible to reconstruct the development of the ideological debates and the position adopted by the cultural vanguard, but also enabled the creation of a network diagram mapping intellectual connections during the period under study.

Conclusions: The stance adopted by the Cuban cultural vanguard in both events was consistent with its search for a defining purpose, which led it to establish intellectual networks with its counterparts in a continuous exploration of new meanings for a Latin American integrative vocation, in opposition to hegemonic models of domination.

KEYWORDS: Cultural Vanguard; Intellectual Networks; Cultural Meridian; Latin American Press Congress

CONTRIBUCIÓN DE AUTORÍA

Concepción y/o diseño de investigación:

Armando Juan Raggi Rodríguez (100 %)

Adquisición de datos:

Armando Juan Raggi Rodríguez (100 %)

Análisis e interpretación de datos:

Armando Juan Raggi Rodríguez (100 %)

Escritura y/o revisión del artículo:

Armando Juan Raggi Rodríguez (100 %)

INTRODUCCIÓN

En consonancia con la ola represiva instaurada a partir del supuesto descubrimiento de un megacomplot insurreccional orquestado por la Internacional Comunista, y, de manera concomitante, con la implementación de una agenda dictatorial por parte de Gerardo Machado entre 1927 y 1928, con mayor o menor grado de intensidad, acontecieron porfías ideológicas alrededor de los conceptos de hispanidad, latinidad y, en menor escala, romanidad. Estos debates se produjeron entre los distintos grupos afiliados a la vanguardia cultural latinoamericana y sus homólogos españoles acerca de cuál debía ser el meridiano cultural de América. El VII Congreso de la Prensa Latina enfrentó dos visiones contrapuestas: por una lado, la integrada por la red intelectual europea en su mayoría afiliada a pensamientos conservadores, cuando no filo-fascistas, que intentaban imponer la idea de una supuesta latinidad homogeneizadora asumida a partir de características raciales heredadas; y, por otro lado, la red conformada por intelectuales y periodistas latinoamericanos, que utilizaron esta reunión como plataforma desde la cual se proponían dar a conocer al público europeo las realidades continentales.

Para analizar los debates ideológicos protagonizados por la joven intelectualidad afiliada a la vanguardia cultural en 1927 y 1928, en su concepción, un proyecto emancipador nacionalista y latinoamericanista, se partió de los presupuestos metodológicos de la historia intelectual, en especial sus categorías: intelectuales y redes intelectuales.

Tomando en consideración las premisas anteriormente expuestas, al estudiar el accionar de la red de la vanguardia cultural latinoamericana durante estos poco estudiados sucesos históricos de 1927 y 1928, y, en especial, durante la polémica acerca del meridiano intelectual, se procedió al análisis de las publicaciones, que de manera más o menos explicita actuaron como órganos de los diversos grupos vanguardistas, tales son los casos de las revistas cubanas: Social, Carteles, Revista de Avance y Atuei; la peruana Amauta; la argentina Martín Fierro; la costarricense Repertorio Americano y La Gaceta Literaria de Madrid que, más allá de ser el detonante de la polémica homónima, también mantuvo vínculos con sus homólogos latinoamericanos. Además, como parte del proceso investigativo se analizaron las publicaciones América Libre y El Libertador, empeños editoriales político-culturales de la vanguardia. Referido al abordaje del accionar de la intelectualidad latinoamericana durante las sesiones del VI Congreso de la Prensa Latina, sucesos que tuvieron poca o nula acogida en las revistas culturales, ya que ni tan siquiera enviaron delegados, se analizaron tanto el Diario de la Marina así como la cobertura del Heraldo de Cuba cuya posición crítica puede ser comprendida debido a que en esos momentos su dueño era el político liberal mendietista Gustavo González Beauville, opuesto a los intentos machadistas de prorrogarse en el poder, mientras que los principales cargos de la redacción de este importante rotativo recaían en los miembros del Grupo Minorista: Luis Gómez Wangüemert y Arturo Alfonso Roselló. Otra fuente de información estudiada fue la correspondencia personal de los integrantes de la vanguardia cubana Alejo Carpentier, Emilio Roig de Leuchsenring y José Antonio Fernández de Castro, así como la del destacado intelectual peruano José Carlos Mariátegui.

La publicación facsimilar online de muchas de estas revistas culturales posibilitó el análisis de sus contenidos. La información obtenida, no solo permitió reconstruir el desarrollo de estos eventos, sino que también posibilitó incluirla en la base de datos del programa informático Gephi 0.9.2, dando como resultado un diagrama reticular donde se aprecia la espesa urdimbre de la red de la vanguardia latinoamericana entre 1927 y 1928 (Figura 1). Una lectura del diagrama reticular resultante permite visualizar la destacada centralidad como importante nodo conductor de ideas de la revista Repertorio Americano, pero se debe aclarar que lo que podría ser considerado como una supuesta marginalidad periférica de la bonaerense Martín Fierro se debe a no haber contado con mayor información acerca de los vínculos de interacción de sus miembros. A la vez que se constata como estos vínculos relacionales traspasaron los marcos de la geografía continental para interaccionar con grupos intelectuales similares en los Estados Unidos y Europa, específicamente en Francia y España.

Figura 1: Diagrama reticular que muestra los estrechos vínculos de interconexión de los jóvenes intelectuales latinoamericanos durante el periodo comprendido entre 1925 y 1928. En color rojo las revistas culturales y políticas estudiadas.

Fuente: Elaboración propia a partir de Gephi 0.9.2

DESARROLLO

La joven vanguardia cultural y sus redes asociativas

Lo que en la década de 1920 y 1930 se denominó vanguardia cultural no fue más que el término de origen militar asumido por los jóvenes intelectuales para reflejar un espíritu de renovación y confrontación cultural. De acuerdo con el historiador Andreas Huysen, esa vanguardia se caracterizó por impulsar una revolución artística de las formas y los contenidos mediante un afán de novedad a través del rechazo de lo viejo, lo tradicional y lo burgués (Huysen, 2006, p. 21). También, según este investigador, una de sus vertientes asumió posiciones de arte comprometido mediante la vinculación -no lograda del todo- de la vanguardia artística y la vanguardia política (Huysen, 2006, p. 21).

Para Peter Burger, la instancia autocritica asumida de manera consciente por la vanguardia se debió a que sus integrantes adoptaron una posición decidida en el seno de las fuerzas históricas de su época (Burger, 2000, p. 37). Mediante su comprometimiento, los intelectuales vanguardistas le devolvieron a la crítica cultural su praxis vital (Burger, 2000, p. 62).

Por su parte, Alejo Carpentier definió la vanguardia como un «concepto vagaroso», donde «lo estable, lo reconocido, lo admitido de antemano era lo burgués» (Carpentier, 1975, p. 1). Había, por tanto, una dicotomía entre lo burgués y la vanguardia. Esta aporía motivó que:

los movimientos vanguardistas […] se plantearon, muy pronto, el problema crucial de saber: a que hombre se destinaban las obras nuevas, quien era el que habría de recibirlas, quien habría de sentirlas, de aceptarlas, de juzgarlas. Y se planteó —los hombres de mi generación lo sintieron intensamente— el problema de saber si la sociedad […] necesitaba de una transformación de fondo para recibir los nuevos mensajes que para su entendimiento se elaboraban […] había que adoptar una actitud política, porque, de lo contrario, quedaríamos rebasados por los acontecimientos que se presentaban a los ojos del mundo. El problema del comprometimiento […] cobró, de pronto, una extraordinaria importancia. Y con ello se imponía una revisión de nociones recibidas. (Carpentier, 1975, pp. 2-3)

Con respecto a cuál debía ser la concepción y razón de ser del intelectual, el ensayista mexicano Alfonso Reyes proclamó que, a causa de su precariedad existencial, los pensadores latinoamericanos debían realizar otros disimiles oficios, dotándolos de una mayor vinculación social, lo cual hacia prácticamente imposible su reclusión en torres de marfil (Reyes, 2015, p. 117). Según Reyes, esta búsqueda constante por su supervivencia lejos de constituir una desventaja, le brindaba «una síntesis, un equilibrio» que motivaba un redescubrimiento constante mediante «una peculiar manera de entender el trabajo intelectual como un servicio público y como un deber civilizador» (Reyes, 2015, p. 117). Por su parte, Alejo Carpentier consideraba que este redescubrimiento, gracias al gesto adámico de volver a nombrar las cosas, conducía inexorablemente a la construcción de una autoctonía latinoamericana (Carpentier, 2017b, p. 216).

Aun cuando considero como válidas las definiciones brindadas por Huysen y Burger sobre la vanguardia cultural y su función social, es necesario acotar que, como se infiere a partir de las afirmaciones de Alejo Carpentier y Alfonso Reyes, la vanguardia cultural latinoamericana de las primeras décadas del siglo xx, con su accionar amplió la praxis de dichas conceptualizaciones. Cada nueva intervención militar y económica estadounidense en la región motivó que, en su mayoría, los intelectuales latinoamericanos abandonaran definitivamente las torres de marfil. Estas interferencias foráneas al poner en peligro las precarias independencias sudamericanas motivaron en la joven intelectualidad continental una consistente práctica discursiva antinjerencista y antiimperialista que de manera orgánica se sumó al imaginario regional acerca de cuál debía ser su función social. Esta resignificación conceptual los condujo a asumir posiciones de primera fila junto al proletariado. Por ejemplo, parte de la vanguardia cultural cubana, aglutinada principalmente en el Grupo Minorista, tras los sucesos de la causa comunista de 1927, consideró que su accionar no debía circunscribirse solo a la crítica cultural o la denuncia de las lacras sociales existentes y desde diversas posturas ideológicas, se involucró en la lucha contra la imposición dictatorial de Gerardo Machado.

De acuerdo a Eduardo Déves Valdés, aunque el proceso de integración intelectual latinoamericano comenzó en la última década del siglo xix, no fue sino hasta comienzos de la década de 1920 que el mismo tuvo mejor estructuración cuando, desde los presupuestos de la vanguardia cultural continental se reforzó el proceso de acercamiento ex profeso por afinidad entre grupos intelectuales homólogos (Déves Valdes, 2020, p. 135).

Según Deniza Alieva estas redes al ser constructos sociales informales, crearon espacios donde ocurrieron intensos procesos de mediaciones simbólicas cargadas de significados ideológicos que mediante su accionar reproducían no solo los puntos de contacto, sino también las tensiones existentes entre sus integrantes (Alieva, 2026, p. 3). Por su parte Solé i Martí partiendo del presupuesto anterior argumenta que sería incorrecto hablar de una gran red cultural, sino de la suma de una serie de redes culturales conformadas por personas que mediadas por diversos objetos culturales —como lo fueron sus empeños editoriales— fomentaron tanto el intercambio multidireccional de ideas como la posición y el papel ejercido por cada elemento en la dinámica de funcionamiento de la red (Solé i Martí, 2024, pp. 68-69). Mientras que Hanno Ehrlicher señala que estas publicaciones constituyen nodos interconectores entre autores, editores y el público hacia el cual van dirigidas, transformándose en plataformas idóneas donde las vanguardias culturales latinoamericanas de las décadas de 1920 y 1930 traspasaron las estrechas fronteras nacionales adquiriendo un carácter continental cuando de manera consciente realizaron actividades conjuntas que potenciaron y redimensionaron el anhelado sueño de la integración regional (Ehrlicher, 2024, p. 3).

La espesa urdimbre tejida por los integrantes de la vanguardia cultural en las décadas de 1920 y 1930 se posicionó en la defensa de una identidad latinoamericana contrapuesta al eurocentrismo imperante. Esta construcción identitaria, siempre inacabada, a partir de la diferencia, tuvo diversas manifestaciones que, en sentido general, se movieron entre la renovación literaria y la renovación social de las realidades existentes. Sus miembros asumían que este proceso conduciría a la emancipación continental (Devés Valdés, 2000, pp. 131-152). De esta manera se crearon imaginarios culturales e ideológicos fuertemente ligados con un discurso antimperialista, con una marcada autoctonía de pensamiento latinoamericanista (Preuss y Scarfi, 2013).

Las redes culturales conformadas por los intelectuales latinoamericanos a partir de este proceso de acercamiento, cumplieron el importante papel de ser el medio idóneo para la circulación de ideas y por consiguiente de la construcción de un capital simbólico no exento de contradicciones y desavenencias. De acuerdo con Christophe Prochasson, es en este entramado complejo de relaciones y lazos tejidos donde los intelectuales definían su razón de ser, no como pensantes solitarios, sino como agentes dentro de un engranaje orgánico. Que esta realización intelectual tuviese lugar dependía de tres factores concomitantes indispensables: los lugares de encuentros y actividades, que no necesariamente debían estar oficialmente constituidos; los medios de expresión y difusión de sus ideas, dígase revistas, correspondencia, congresos, etc.; y la compleja red de relaciones que de manera consciente supieran construir (Maíz, 2011, p. 76). De esta manera se creaba un ciclo continuo que contribuía a forjar las identidades sociales de estos sujetos sociales identificados con la búsqueda de un objetivo común, realizados como tal en su dimensión colectiva.

La perenne conceptualización de América

De acuerdo a Arturo Ardao, la idea del concepto América Latina se debe a la resignificación regional del reaccionario concepto de la Latinidad (Ardao, 1980, pp. 26-27). Este discurso ideológico, surgido entre la intelectualidad francesa en la segunda mitad del siglo xix creaba una diferenciación a partir de una supuesta comunión racial y espiritual entre los distintos pueblos de raíz latina frente a los anglosajones. Los intelectuales galos suscritos a esta doctrina, ante la pérdida del predominio de su nación, vieron en el Nuevo Mundo una manera de imponer su concepto y por ello comenzaron a diferenciarlo en razón de las naciones o etnias que habían llevado a cabo el proceso de conquista y colonización. Esta idea de una supuesta comunidad latina al comienzo fue asumida por intelectuales latinoamericanos que moraban en Paris y Madrid (Ardao, 1980, p. 27). Pronto el concepto de Latinidad subsumió el de Hispanidad preconizado por algunos círculos intelectuales y económicos españoles como una suerte de reconquista simbólica y cultural, que consideraba las relaciones con sus ex colonias americanas como un medio potencial para la restitución de su otrora poderío en momentos de una enconada carrera imperialista (Arbaiza, 2020, p. 3). Son momentos de auge de un darwinismo social disfrazado con supuestas superioridades raciales.

La imposición de la adjetivación de lo que hasta el momento había sido nombrado como América Española o Hispanoamérica se acentuó como una «dramática necesidad» tanto como punto de unión regional como para diferenciarlo de los Estados Unidos que en esos momentos se encontraba en pleno proceso expansivo (Ardao, 1980, p. 67). Se creaba así la conjunción de una imagen unificadora entre el sueño bolivariano de una unidad continental con una fuerte connotación antimperialista (Ardao, 1980, p. 88).

Esta soñada unidad latinoamericana constituía una necesidad histórica. Se tornaba imperioso un reagrupamiento regional o continental que hiciese frente al localismo imperante. En sus comienzos constituyó más un problema de supervivencia de las viejas élites que de convicciones políticas. Poco a poco esta realidad inicial transmuta y se comienza a pensar en la elaboración de una comunidad cultural propia manifiesta a través de la interacción de las redes intelectuales contrahegemónicas.

Entre 1927 y 1928 estas redes intelectuales latinoamericanas se encuentran en un accionar continuo. A mediados de año, se desató una ola represiva enmascarada en una acción encaminada a desarticular un presunto complot insurreccional que a escala global pretendía llevar a cabo la Internacional Comunista. La represión instaurada englobó, cual anatema, bajo el calificativo de comunistas, no solo a militantes de este pensamiento político-ideológico, sino también a miembros de otras organizaciones y corrientes de pensamiento, pero que tenían en común su lucha contra el sistema capitalista y en especial contra el imperialismo y su resquebrajado sistema colonial. Esta profusión de mediáticos descubrimientos de causas y complots comunistas, como fueron llamados en América Latina, se caracterizó por la persecución y encarcelamiento de no pocos jóvenes intelectuales que intentaban unir, no sin tensiones, la vanguardia cultural y la vanguardia política. Entre los encarcelados se encontraron: los peruanos José Carlos Mariátegui y Oscar Cerruto; en Bolivia Tristán Maroff y, en el caso cubano, Raúl Martínez Villena, José Antonio Fernández de Castro, Alejo Carpentier y Raúl Roa. Desde el momento en que se conocieron de las detenciones, los integrantes de las redes intelectuales comenzaron a mostrar su solidaridad con sus compañeros de muy disimiles maneras. En México una comisión encabezada por Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Jesús Silva Herzog entre otras personalidades, no solo exigieron mediante cartas y manifiestos la liberación inmediata de sus colegas, sino que también realizaron manifestaciones frente a las delegaciones diplomáticas de Cuba y Perú. En Argentina ocurrió otro tanto, mientras que en España los integrantes de la Generación de 1927 también dieron muestras de solidaridad.

La polémica del meridiano intelectual

Las redes intelectuales latinoamericanas no solo actuaron en 1927 y 1928 en respuesta a las agresiones dictatoriales e imperialistas, sino que también desarrollaron intensas polémicas como la del meridiano intelectual. El detonante fue un editorial publicado en La Gaceta Literaria de Madrid el 15 de abril de 1927. El escrito, siguiendo los patrones del más rancio pensamiento colonizador y enarbolando el vetusto concepto de la Hispanidad, postulaba que el meridiano cultural que debían seguir los intelectuales latinoamericanos no se encontraba en Nueva York o Paris, sino en Madrid (Torre, 1991, pp. 554-557). Detrás de la batalla semántica desatada por Guillermo de Torre con su pedido a la intelectualidad de llevar a cabo una batalla cultural para librarse de un nefasto «latinismo intelectual» que conduciría de manera inexorable a la dominación económico-política estadounidense, cuando no franco-italiana se escondía el miedo a la pérdida de un supuesto predominio cultural sobre sus homólogos latinoamericanos. En su editorial, Torre, señalaba que el Latinismo y el Panamericanismo, el primero propugnado por los círculos derechistas europeos y el segundo, por los estadounidenses, no eran más que burdos intentos anexionistas y que la manera de contrarrestarlos era exaltando a Madrid como el meridiano intelectual de los hispanoamericanos, un centro rector «absolutamente puro y generoso» que no se impondría hegemónica o intelectualmente; no obstante, se contradecía al proponerlo como «una prolongación del área española» (Torre, 1991, pp. 555-556). Por lo anterior, de acuerdo al articulista, se debía rechazar de manera tajante la denominación de Latina cuando se hablara de América y declaraba que el nombre idóneo para la región debía ser Iberoamérica, Hispanoamérica o mejor aún América Española (Torre, 1991, p. 556).

Este editorial, con sus poco disimuladas ínfulas colonialistas, fue acogido por la joven intelectualidad latinoamericana como una agresión directa que desencadenó una fuerte ola de repudio, que provocó un intenso debate cultural. Las respuestas más acaloradas vinieron de los intelectuales argentinos agrupados en la revista Martín Fierro. En su edición del 10 de julio se publicaron las respuestas de numerosos intelectuales bonaerenses a la provocación de Guillermo de Torre. De entre todas las contestaciones, la más acre, fue la redactada por Jorge Luis Borges y Carlos Mastronardi quienes utilizando los seudónimos de Ortelli y Gasset, en lunfardo, respondían a Torre que para ellos no podía existir: «¡Minga de fratelanza entre la jerie Patria y la Villa Ortúzar!» y finalizaban su diatriba declarando: «aquí le patiamo el nido a la hispanidá y le escupimo el asao a la donasura y la arruinamo la fachada a los garbanzelis. Espiracusen con plumero y todo, antes que los faje. Che meridiano: hacete a un lao, que voy a escupir» (Ortelli y Gasset, 1927, p. 357).

Por su parte, desde Uruguay, Alberto Zum Felde proclamaba que detrás del editorial de La Gaceta Literaria se encontraba «la vieja pretensión de una reconquista colonial, y se agazapaba la vanidad de querer devolver a Madrid la categoría de metrópoli del mundo de habla hispana» y se preguntaba: «¿Los jóvenes “vanguardistas” de [la generación de] 1927 siguen pensando, respecto a América, como los enfáticos vejestorios de ayer?... ¿Nada han aprendido, nada han olvidado?» y sentenciaba:

Quite La Gaceta de la cabeza esa ilusión de imperialismo cultural. América tiene entidad propia y distinta a la de España. Otros son nuestros problemas, otras nuestras coordenadas mentales, otra nuestra posición histórica. Cabe, no obstante, comunidad ideal en muchos casos. Pero, esa comunidad solo podrá afianzarse en el mutuo respeto a las soberanías. Y, sobre todo, ser discretos. (Zum Felde, 1991, pp. 558-559)

Desde el Perú José Carlos Mariátegui no solo estaba complacido por la rápida respuesta de la comunidad intelectual latinoamericana, sino que los conminaba a permanecer «vigilantes, despiertos y combativos frente a cualquier tentativa de restauración conservadora» (Mariátegui, 1991, pp. 560-561). El Amauta, quien siempre se refirió a la región como Hispanoamérica, suscribió los postulados martinfierristas, y proclamó que el meridiano cultural latinoamericano no debía estar en una capital continental especifica, sino que esta era una labor a desarrollar por los jóvenes intelectuales afiliados a la vanguardia:

Nuestros pueblos carecen aún de la vinculación necesaria para coincidir en una sola sede. Hispanoamérica es todavía una cosa inorgánica. Pero el ideal de la nueva generación es, precisamente, el de darle unidad. Por lo pronto hemos establecido ya entré los que pensamos y sentimos parecidamente, una comunicación fecunda. (Mariátegui, 1991, p. 561)

El dominicano Pedro Henríquez Ureña, por su parte, proclamaba que la misión de los latinoamericanos no era asumir una brújula ajena, sino buscar una propia (Henríquez Ureña, 1989, p. 52).

En Cuba, los jóvenes integrantes de la vanguardia cultural también tomaron parte en el intenso debate suscitado por las pretensiones de sus homólogos matritenses de convertirse en meridianos intelectuales. En las páginas de la Revista de Avance, Atuei y el Diario de la Marina aparecieron publicadas sus declaraciones de principios.

En su primer número, los editores de la revista Atuei, proclamaban que era una vana ilusión de los peninsulares pretender que Madrid podía convertirse en centro vital, cuando la plana mayor de su intelectualidad: Unamuno, Ortega y Gasset, Fernando de los Ríos y Gregorio Marañón estaban orgullosos de su mentalidad alemana («Voto breve», 1927, p. 4). Por lo anterior, el solo hecho de intentar que los latinoamericanos abrevaran de esas fuentes era algo absurdo, aunque fuese para fomentar el «españolismo en nuestra América como reacción contra la influencia sajona» («Voto breve», 1927, p. 4). Los editorialistas de Atuei tampoco concordaban con las declaraciones de sus homólogos latinoamericanos al notar en sus respuestas un «estridentismo de mala ley como en este incaísmo romántico e improductivo» que, según ellos, anteponía el «escenario perpetuo de sus primeros habitantes» ante la realidad continental que, gracias a su mestizaje, no solo estaban destinados como intelectuales a «reparar una injusticia histórica, sino hacer posible LA JUSTICIA» («Voto breve», 1927, p. 4).

Otra publicación cubana que también rompió lanzas en la polémica del meridiano intelectual fue la Revista de Avance. Los editores avancistas consideraban que tras la «contra-conquista intelectual efectuada por el Modernismo» en la literatura española era «natural que nos creyésemos con derecho a un tratamiento de igual a igual, en plano liso y uniforme, desterrado el tono protector» por lo que se preguntaban el porqué del belicismo de «un periódico de gente nueva y liberal» que escudándose en un «peligro imaginario» que conduce a «elucubraciones peligrosas y lo peor, un poco sentimentales, que de plano es preciso rechazar» sobre todo en momentos de «un cosmopolitismo intelectual que borra fronteras» (Marinello Vidaurrieta et al., 1927, pp. 273-274). Ante las elucubraciones matritenses sobre una supuesta «imantación» o «absorción intelectual», los avancistas se suman a la «indignación exagerada» de los martinfierristas e incluso señalan que su manifiesto, en lunfardo, no era más que una respuesta coherente de sus postulados acerca de «que hubiese sido mucho mejor para nuestra independencia intelectual que hubiésemos adoptado el idioma de los conquistados y no el de los conquistadores» (Marinello Vidaurrieta et al., 1927, p. 274). En diáfana referencia a la metáfora del navío y al cosmopolitismo intelectual que mantienen desde su primer número, para los editores de Avance la lección que les deja esta polémica es que:

Los meridianos, aun cuando sean intelectuales, no pueden imponerse: caen por afinidad espiritual. Aun cuando lo mejor, para el buen navegante, será poder rectificar la orientación de su nave refiriéndose a un meridiano cualquiera. Así, unas veces será el de Paris, otras el de Londres, y muchas —¿por qué no?— el de Madrid. Hay que estar dispuestos para el viaje de circunvalación. (Marinello Vidaurrieta et al., 1927, p. 274)

Alejo Carpentier, respondiendo a la convocatoria realizada por Manuel Aznar, jefe de redacción del conservador Diario de la Marina el 12 de septiembre de 1927, se sumaba a la polémica. En su «Carta abierta», Carpentier comienza a desarrollar lo que luego serán ejes centrales de su obra futura, dígase el mestizaje, el barroco (que denomina neogongorismo), el comprometimiento del intelectual y lo que sus estudiosos denominan el acá y el allá.

Para Carpentier, la respuesta exaltada de los intelectuales latinoamericanos a la propuesta española no era fruto de un nueva «fobia egocentrista» sino que se originaba en la marcada diferencia entre las problemáticas a que estaban sujetos los intelectuales en ambas orillas del océano Atlántico (Carpentier, 2017a, p. 14). Esta diferenciación motivaba que tras «un gran fondo de ideales románticos» se encontrara un marcado «deseo de hacer arte autóctono» por lo cual el artista latinoamericano se auto-percibía «obligado a creer, poco o mucho, en la trascendencia de su obra. Ve algo más que un juego en sus partos intelectuales» (Carpentier, 2017a, p. 14).

Más adelante en su misiva, Carpentier, siguiendo las pautas de una intervención anterior de José Antonio Fernández de Castro, señalaba que los latinoamericanos no eran más que los «parientes que partieron a la aventura» y que para sobrevivir y prosperar en el Nuevo Mundo necesitaron adaptarse a su entorno forjando nuevos temperamentos, costumbres e ideales (Carpentier, 2017a, p. 15). Por lo cual él consideraba difícil «cierta vida en común», destacando que la labor que debían emprender los intelectuales latinoamericanos debía ser su búsqueda constante de una identidad propia:

América tiene, pues, que buscar meridianos en sí misma, si es que quiere algún meridiano. Y más: teniendo en cuenta que las manifestaciones del espíritu latinoamericano son múltiples y los problemas planteados ante un intelectual mexicano y un argentino son tan diversos como los que pueden inquietar a este último comparados con los que se ofrecen a un intelectual español, resultaría saludable, por ahora la anulación de todo meridiano. (Carpentier, 2017a, p. 15)

Carpentier calificaba el manifiesto de Borges y Mastronardi como una boutade de mal gusto, pero señalaba como «extemporáneo» y «deplorable» los intentos matritenses de «transformar un afecto fraternal en incesto» (Carpentier, 2017a, p. 15).

La polémica del Meridiano cultural no solo se desató a ambas orillas del Atlántico, sino que dentro de la misma España existieron desavenencias. Al igual que sus homólogos latinoamericanos, los intelectuales catalanes percibieron en el editorial de La Gaceta Literaria un hispanismo totalizador que los coartaba. Desde las páginas de El Sol, Agustí Calvet se sumó al debate. El periodista catalán señala que la respuesta de los martinfierristas no solo le parecía saludable, sino que también podía darse en el interior de la Península ya que «en todas partes, no ya del vastísimo sistema hispanoamericano, sino de España misma, produce un efecto equívoco e inquietante, generador de una irreprimible reacción» (Martí Monteverde, 2014, pp. 53-54). Sus miedos no eran infundados, varios meses después el factótum de los destinos españoles: el general Primo de Rivera decretaba la prohibición de las otras lenguas nacionales, quedando el castellano como idioma oficial y el único que se enseñaba en las escuelas («El general Primo de Rivera hablara en Barcelona sobre el uso de la lengua catalana, permisible solo en el seno familiar», 1928, p. 30).

El VII Congreso de la Prensa Latina

Aun no apagados los ecos de la polémica por el meridiano cultural se desató otra porfía ideológica entre dos redes contrapuestas en sus intereses particulares. La ocasión la brindó la celebración en La Habana del VII Congreso de la Prensa Latina. En esta reunión, efectuada en abril de 1928, bajo la premisa de una supuesta latinidad homogeneizadora, se enfrentaron dos visiones contrapuestas: de un lado la sostenida por la mayor parte de los periodistas europeos con una concepción reaccionaria y eurocéntrica de dominio imperial y del otro extremo la de los periodistas e intelectuales latinoamericanos que veían su participación en estos congresos como plataformas desde las cuales dar a conocer al público europeo las realidades continentales.

Como ya fue mencionado, las concepciones de Hispanidad y de Latinidad son fruto del auge de los nacionalismos que sacuden al continente europeo a mediados del siglo xix. Surgen con la finalidad manifiesta de reforzar un fuerte sentido de pertenencia, lo que el antropólogo Benedic Anderson denominó «comunidad imaginada» ya que, aunque sus miembros nunca se conocerán plenamente unos a otros, en la mente de cada uno pervive un constructo, que puede basarse en la dicotomía falso / genuino, brindando una idea de pertenencia, de comunión (Anderson, 2006, pp. 6-7). Ambos conceptos ideológicos no solo reforzaban las pasiones puestas al servicio de los intereses hegemónicos, sino que se presentaban como un valladar ante las cada vez mayores contradicciones del sistema capitalista (Fuentes Codera, 2023, p. 58). Dichas concepciones, al auto-adjudicarse el papel de ser corrientes trans-históricas, con unas raíces genéticas y culturales ancestrales que moldeaban su base ética, epistemológica, política y artística, se consideraron inmersas en una intensa batalla cultural donde se convertían en las defensoras del mundo civilizado contra la barbarie del bolchevismo soviético y el expansionismo estadounidense (Fuentes Codera, 2023, pp. 62-63).

Al igual que la Latinidad, la Romanidad fue más que un simple instrumento retórico-estético, constituyó el conjunto de recursos discursivos que postulaban una regeneración espiritual por medio de la recuperación de los valores de la civilización romana. Mediante el recurso de la atemporalidad histórica, la Romanidad, asumió una mitología política anclada en el pasado, no como arqueología nostálgica, sino que se proyectaba irreversiblemente hacia un futuro declaradamente político: aquel del imperialismo fascista (Succimarra, 2005, pp. 539-441 y Lucaroni, 2023, pp. 105-113).

Las concepciones de Latinidad y de Romanidad, fueron utilizadas por el régimen fascista de manera indistinta, pero con el tiempo prevaleció esta última concepción (Storchi, 2017).

En 1923 nacía la Asociación de la Prensa Latina. Con esta organización periodística, sus fundadores: el portugués Augusto de Castro y el belga Maurice de Waleffe, partiendo de la premisa engañosa de que al ser el latín la raíz lingüística de varios idiomas europeos facilitaba la comunicación, por tanto, el periodismo se podía convertir en una poderosa herramienta de solidaridad étnico-lingüística para combatir lo que denominaron «imperialismo lingüístico anglosajón» (Al-Matary, 2010, p. 7). Bajo este argumento fue cómo la Asociación de la Prensa Latina dirigida por de Waleffe comenzó a celebrar, en 1924, los Congresos de la Prensa Latina. Los latinoamericanos que trabajaban como corresponsales de prensa en algunas capitales europeas se sumaron a esta agrupación. Ejemplos de estos fueron el guatemalteco Miguel Ángel Asturias y el cubano Armando Maribona. Para los latinoamericanos la Asociación y los Congresos de la Prensa Latina fueron vistos como una dinámica tri-direccional dentro del rejuego estratégico entre las naciones europeas, los Estados Unidos y una América Latina que se encontraba inmersa en la búsqueda y construcción perenne de una identidad regional (Al-Matary, 2010, p. 9).

Según el historiador francés Marc Cheymol, los periodistas latinoamericanos pensaban que su afiliación a esta organización serviría para equilibrar la cobertura informativa sobre sus naciones en la prensa europea (Cheymol, 1998, p. 863). Conocedores de primera mano del eurocentrismo de sus homólogos, los latinoamericanos creían que de esta manera demostrarían su identidad, no ya como naciones heterogéneas y primitivas, tampoco como copias europeas, sino en su madurez y originalidad, permitiéndoles abandonar el aislamiento y ser capaces de cambiar los prejuicios existentes (Cheymol, 1998, p. 863).

De acuerdo a Annarita Gori, la Asociación de la Prensa Latina y, en especial, sus congresos, fueron concebidos y asumidos como un instrumento para que las ideologías reaccionarias de la Europa de entreguerras organizaran redes idóneas para difundir su propaganda política cada vez más derechizada, traspasar sus fronteras nacionales y crear un espacio común afín, que no solo definió su cometido ultraconservador derechista, sino que adoptó al fascismo como su modelo político (Gori, 2020, p. 113). Convirtiendo estas celebraciones en grandes plataformas publicitarias, tanto la junta directiva de la asociación panlatina, como los círculos políticos, se beneficiaron mutuamente en términos de imagen pública. Esta posición comenzó a manifestarse desde el congreso celebrado en Florencia, Italia en 1925, cuando Benito Mussolini, en el poder desde 1923, no solo agasajó a los periodistas participantes, sino que les señaló cuál imagen del régimen fascista debían dar en sus naciones (Gori, 2020, p. 114). El modelo trazado por el autócrata italiano, luego fue reproducido en el congreso efectuado en Madrid en 1927, donde incluso estuvo a punto de no efectuarse ante las amenazas de poderosos órganos de prensa españoles de boicotearlo por considerar la Latinidad como enemiga irreconciliable de la Hispanidad (Gori, 2020, p. 114). Pero las diferencias fueron zanjadas cuando el general Primo de Rivera de manera tajante los conminó a que desistieran de su posición (de Waleffe, 1930, p. 885-886). Un año más tarde, en La Habana, Gerardo Machado repitió la formula mussoliniana (Gori, 2020, p. 114).

En sus memorias sobre la labor efectuada por la Asociación de la Prensa Latina, de Waleffe, señaló que esta organización no inventó la Latinidad, sino que la misma había surgido con la intensión de oponerse a los bloques civilizatorios germánico y anglosajón como algo más que un «mosaico fragmentado de veinticinco naciones» (de Waleffe, 1930, p. 877). Desmarcándose de las quejas que durante mucho tiempo no pocos de sus integrantes le hicieran, el periodista belga apoyándose en un supuesto apoliticismo acotó, que mucho menos se pretendió tratar asuntos de solidaridad política o económica, sino que, al contrario, sus intenciones buscaban «traducirnos recíprocamente con vistas a crear una atmosfera puramente defensiva, dedicada a lo intelectual y lo sentimental, pero también vasta y coherente para la salvaguarda de nuestra personalidad y no caer en el rango de pueblos colonizados» (de Waleffe, 1930, p. 879).

Pero en la «Isla paradisíaca» no todo fue de maravillas, al referirse al Congreso de La Habana, de Waleffe, señaló que, tras los actos protocolares de inauguración, el primer día de sesiones se produjo el «choque de dos lenguas: los primeros hablaban nada más que francés, los segundos solo lo español» (de Waleffe, 1930, pp. 888-889). Según el eurocéntrico periodista belga existían resquemores entre los presentes ya que la mayoría de los delegados latinoamericanos nunca habían estado en el Viejo Continente (de Waleffe, 1930, p. 889). De Waleffe destaca que entre los delegados de América Latina «los oradores cubanos estaban dotados de una apabullante facultad de palabra, hablaban todos al mismo tiempo», mientras que sus contrapartes europeas «silenciosos, miraban con admiración a sus vehementes homólogos de los que contemplaban su gran gestualidad, hablando en alta voz, en un español que ellos no comprendían del todo» (de Waleffe, 1930, p. 889). Ambiente caldeado también por «las ventanas abiertas a causa del calor», que permitían la entrada del «bullicio callejero y el ruido de los tranvías» (de Waleffe, 1930, p. 889). Pero, los ánimos se aquietaron cuando esos oradores de fuego se revelaron poseedores de una amplia cultura francesa y de la sapiencia del derecho romano (de Waleffe, 1930, p. 889).

En realidad, el motivo tras la acalorada polémica no fue por el desconocimiento del idioma, como señaló de Waleffe, sino a la presentación de un proyecto de resoluciones antinjerencistas y antimperialistas propuestas por el líder independentista boricua Pedro Albizu Campos en representación del diario El Nacionalista («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, p. 1). Albizu Campos no estaba solo, contaba con el apoyo de la mayoría de los delegados latinoamericanos y algunos europeos («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, pp. 1-2).

Esta no constituyó la primera acción de la vanguardia cultural cubana a favor de los anhelos independentistas de la vecina nación antillana. Estas redes intelectuales solidarias ya se habían manifestado con anterioridad. Incluso en noviembre de 1927, aprovechando la estancia de Pedro Albizu Campos en La Habana, los integrantes del Grupo Minorista fundaron la Junta Pro Independencia de Puerto Rico. La nueva organización tenía la finalidad manifiesta de realizar una intensa campaña de prensa nacional e internacional solidarizándose con las luchas del pueblo boricua en sus anhelos independentistas. Presidieron esta asociación Enrique José Varona y Emilio Roig de Leuchsenring.

De acuerdo al Heraldo de Cuba el documento presentado a consulta por Albizu Campos constaba de siete propuestas:

  1. Resolución: El VII Congreso de la Prensa Latina protesta enérgicamente contra las intervenciones de los Estados Unidos en los asuntos de las naciones Latino Americanas para que mantengan inalterable el principio de derecho internacional que impone a cada Estado el deber de no intervenir en los asuntos de otro Estado.

  2. Resolución: El VII Congreso de la Prensa Latina hace un llamado solemne a toda la Prensa Mundial y especialmente a la Prensa Latina para que mantenga una campaña sistemática contra la ocupación de la Republica de Haití y de Nicaragua por fuerzas militares y navales de los Estados Unidos.

  3. Resolución: La Prensa Latina se hace solidaria de las legítimas aspiraciones de las Filipinas para constituirse en republicas libres, soberanas e independientes, de acuerdo con el principio a la libre determinación de las nacionalidades y protesta contra la ocupación militar de estas naciones por fuerzas de los Estados Unidos.

  4. Resolución: El VII Congreso de la Prensa Latina recomienda a las publicaciones latinas no afiliarse a entidades como la Prensa Asociada, Associated Press o a la Prensa Unida, empresas norteamericanas que mantienen un servicio de propaganda pagado en parte sustancial por naciones latinas, propaganda sistemática encaminada a destruir la independencia económica, política y cultural de nuestras nacionalidades.

  5. Proposición: No tendrán derecho a tomar parte en los congresos de la Prensa Latina los periódicos o publicaciones editados en naciones latinas que en realidad sean sucursales de periódicos o publicaciones no latinas.

  6. Proposición: El Congreso nombrará una comisión que formule un sistema de información mundial exclusiva para la Prensa Latina.

  7. Resolución: No se dará asiento en los Congresos de la Prensa Latina a las publicaciones latinas que sostengan propaganda anti- latina en el seno de nuestras nacionalidades («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, p. 2).

De acuerdo con la reseña de esta acalorada sesión de trabajo, los delegados franceses opusieron una férrea resistencia a la presentación de las mociones presentadas por el líder independentista boricua. En especial, el más fuerte antagonista fue Charles Petit, corresponsal del Petit Parisien, quien boicoteó la presentación y lectura del proyecto de resoluciones aduciendo «sentirse ofendido en lo más íntimo de su alma» ya que «no podía soportar que siquiera se mencionará algo que trascendiera a una censura hacia los Estados Unidos» («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, p. 2). Probablemente, entre las razones detrás de la oposición de los delegados galos se encuentre la defensa que hacían sus publicaciones a la eufemísticamente llamada labor civilizadora de su nación en los territorios coloniales del norte africano, por lo que las propuestas de ser discutidas y aprobadas podían convertirse en un boomerang que los pusiera en entredicho.

Ante la negativa de los delegados franceses a tan siquiera leer la propuesta presentada, Pedro Albizu Campos sostenía el derecho que tenían sus tesis de ser leídas y discutidas («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, p. 2). Ramon de Franch, representante del periódico bonaerense La Prensa, declaraba de manera rotunda que si el Congreso no iba a tratar los «asuntos vitales para la latinidad» como lo era el reconocimiento del derecho de la no injerencia, mejor sería que el mismo se disolviera. Ruy Lugo Viña, quien recién había sido electo presidente del Congreso, a duras penas podía mantener el orden. Entonces, en protesta, los delegados franceses abandonaron la sala («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, p. 2). El VII Congreso de la Prensa Latina estaba a punto de fracasar en su primera sesión de trabajo.

Desde Palacio citaron con urgencia a Lugo Viña, conminándolo para que diera un carpetazo tajante a las propuestas antintervencionistas presentadas («En las altas esferas causó disgusto la pretensión de presentar al Congreso de la Prensa Latina una moción de orden político», 1928, p. 14). No podía repetirse lo ocurrido en la recién finalizada Sexta Conferencia Panamericana cuando ante similares confrontaciones, el presidente de la delegación estadounidense se vio obligado a responder las acusaciones que se le hacían alrededor de la política intervencionista de su gobierno («En las altas esferas causó disgusto la pretensión de presentar al Congreso de la Prensa Latina una moción de orden político», 1928, p. 14).

En la tarde, tras reanudarse las sesiones, sin haberse atemperado aun los ánimos, de Waleffe, leyó unos estatutos, de cuya autenticidad dudaron no pocos delegados («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, p. 2). Posteriormente, Lugo Viña propuso que Benjamín Cohen, representante de El Mercurio de Chile, y la Comisión de trabajo que presidia, fuera la encargada de leer y discutir la moción presentada por Albizu Campos. Tan pronto comienza la lectura del documento, Marius Appelius, representante del diario fascista Popolo d´Italia, espeta que estaba terminantemente prohibido tocar asuntos políticos. Albizu Campos a su vez, le responde indignado que no podía ser coartado en su derecho a que su propuesta fuera escuchada, y que además contaba con el respaldo de los delegados cubanos allí presentes («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, p. 2). Para que la sesión no se volviese a descarrilar, se leyeron los dos primeros puntos de la resolución presentada y, a pesar de no contar con quorum suficiente por la ausencia de la mayoría de los delegados latinoamericanos, se llevó a votación. La propuesta no fue aprobada, incluso delegados que habían estado de acuerdo en un primer momento se retractaron. Solo votaron a favor: Pedro Albizu Campos, Juan Antiga, Arturo Alfonso Roselló, Ramon de Franch y Raúl Garate («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, p. 2).

Tras este resultado, la mayoría de los delegados latinoamericanos se percataron que no era necesario «esperar mucho tiempo para llegar a la conclusión que no tiene la menor importancia este VII Congreso de la Prensa Latina», que, en vez de su tantas veces proclamado nexo espiritual entre los pueblos de origen latino, no era más que un viaje turístico ya que solo bastó «el primer contacto con las realidades que punzan el alma de los pueblos […] para que se descorriera el velo, tras el cual se alimentaban viejas esperanzas» («No abordará el Congreso de la Prensa Latina ningún problema de los muchos que afectan a la latinidad actualmente», 1928, p. 2).

Para que no ocurrieran nuevas sorpresas en las sesiones del Congreso y se rompiera la planificación que de ella hizo el gobierno, siguieron diez días, que según de Waleffe «el soberano de esta Isla encantada no cesó de brindarles fiestas y banquetes, mescladas con cantos negros y danzas criollas» (de Waleffe, 1930, p. 880). En medio de estos eventos, el mandatario, en un despliegue racista, les comentó a los huéspedes europeos sus planes de blanqueamiento de la población cubana, proyectos que contemplaban la entrada a Cuba de un millón de inmigrantes españoles e italianos (de Waleffe, 1930, p. 890). Según Machado, él no tenía «ningún prejuicio contra los hombres de color» pero era un asunto del «mayor interés» nacional que «nuestra población permanezca en su mayoría blanca». Acto seguido el mandatario cubano acotaba que no podían ser estadounidenses quienes vinieran ya que: «nuestro clima es muy caliente para que una raza del norte prenda raíces» (de Waleffe, 1930, p. 890).

Pero los agasajos no fueron solamente por parte de instancias gubernamentales; también las legaciones de España e Italia celebraron las suyas. En ambas recepciones, sus representantes no solo se dedicaron a exaltar a sus respectivos gobiernos y al régimen machadista, sino que también refrendaron sus posiciones encontradas con respecto a la Hispanidad y la Latinidad. El ejemplo más elocuente lo constituyó el discurso que ofreciera Gughielmo Vivaldi, máximo representante italiano en Cuba, a los delegados al Congreso periodístico. En el evento que contó con el apoyo del fascio cubano, el diplomático italiano no solo dedicó gran espacio a enaltecer el latinismo, sino cuando, tratando de ganarse a los latinoamericanos, declaró en clara alusión a la no tan distante polémica suscitada por las pretensiones matritenses de establecer un meridiano cultural: «nosotros no reivindicamos ninguna primacía axiomática, no pretendemos ser ningún meridiano y tanto menos de atribuirnos una función directiva […] queremos hacer lo posible, y lo imposible, para ser los primos» («El discurso pronunciado por el señor Gughielmo Vivaldi», 1928, p. 20).

En su discurso, el diplomático italiano, no solo trastocó una y otra vez Latinidad y Romanidad sino que todo el evento en sí no fue más que un acto propagandístico resaltando la figura de Mussolini como la personificación suprema de ambos conceptos. Según Vivaldi, gracias a su tenacidad, voluntad y visión, el Duce despertaba un gran interés entre los pueblos sudamericanos que lo reconocían como «el gran hombre de la raza: el gran latino» («El discurso pronunciado por el señor Gughielmo Vivaldi», 1928, p. 20). La recepción terminó en una apoteosis fascista cuando se leyó la bendición de Mussolini dirigida a los asistentes para que «el nombre y el espíritu de Roma, imperecedero centro de latinidad, animen las labores del Congreso» («Mussolini saluda al VII Congreso de la Prensa Latina», 1928, p. 20).

El 13 de marzo, dos días antes de la fecha de culminación del VII Congreso, el Diario de la Marina publicaba una entrevista que le realizara a Ramón de Franch. El periodista argentino, se quejaba de la inutilidad del evento, debían comenzar a trabajar en serio, ya que ya pronto a culminar y aun no se había llegado a ningún acuerdo de valor. En clara referencia a la discusión referente a las propuestas de acuerdos antiintervencionistas presentadas por Albizu Campos, el entrevistado declaraba que perdieron «mucho tiempo en cuestiones de procedimiento» en los cuales los organizadores pusieron «en tela de juicio nuestra autoridad y competencia» («El delegado de la “Prensa” de Buenos Aires propone al Congreso de la Prensa Latina. refrendar y hacer suyas las resoluciones de la Primera Conferencia Mundial de Peritos de Prensa, de Ginebra», 1928, p. 1).

Por su parte de Waleffe, en 1930, reconoció que el VII Congreso había tenido resultados bien modestos, sobre todo luego tras prohibir toda manifestación que pudiera considerarse política (de Waleffe, 1930, p. 889). Interdicción, que, según él, era además necesaria no solo para Cuba, sino para el resto de las naciones latinoamericanas ya que la cultura latina, si quería prosperar, debía necesariamente ignorar estas cuestiones (de Waleffe, 1930, p. 889). Haciendo caso omiso de los tantas veces preconizados postulados acerca de la Latinidad como valladar contra el empuje imperialista anglosajón, de Waleffe apuntaba que, debido a la imponente e irresistible actividad industrial estadounidense, lo sensato era que cada uno permaneciera en su sitio: es decir que los capitales se encargaran de la industria, mientras que la Latinidad se encargaría de las almas y Cuba era el mejor ejemplo a seguir de esta política (de Waleffe, 1930, p. 889).

Pero la afirmación más exacta del fracaso del Congreso efectuado en La Habana la dio Conrado W. Massaguer en una caricatura titulada «Del Congreso de la Prensa Latina» que publicara el semanario Carteles. Con la representación de tres tipos populares cubanos —no exentos de un marcado sesgo racista— el negrito, el chino y el polaco que comentan: «Parece que el Congreso ha sío un fracaso. ¡Nosotro lo latino somoj asi!» (Massaguer, 1928, p. 10). De esta manera, el dibujante señalaba el sinsentido de una supuesta Latinidad homogeneizadora que obviaba el mestizaje de la sociedad cubana y latinoamericana en general.

Aunque en lo práctico el VII Congreso de la Prensa Latina confirmó su inutilidad, para Gerardo Machado constituyó una importante oportunidad de relaciones públicas favorables a su obra de gobierno. Numerosos fueron los artículos aparecidos en la prensa internacional exaltando su figura.

Como caso aparte se deben mencionar las reseñas escritas por el poeta surrealista Robert Desnos, quien había asistido en calidad de corresponsal del diario argentino La Razón. Gracias a que, por su temperamento y por cuestiones pecuniarias, no tenía el frac reglamentado para las celebraciones oficiales, Desnos pudo escaparse de estas (Carpentier, 2017c, pp. 209-213). El sábado 10 de marzo, el protocolo del Congreso establecía un coctel que daría Machado en su finca y posteriormente un almuerzo campestre ofrecido por Francisco Camps presidente de la Asociación de la Prensa y al cual también asistiría el sátrapa; en su lugar, el surrealista prefirió ser agasajado por los miembros del Grupo Minorista (Carpentier, 2017c, p. 209). Acompañado por Carpentier, recorrió distintos barrios habaneros, no incluidos en la programación oficial del Congreso (Carpentier, 2017c, p. 209). Fue, durante estos recorridos cuando Carpentier le contó acerca de su estancia en prisión a consecuencia de la causa comunista, acusado de formar parte de un complot insurreccional y de sus consiguientes problemas judiciales, y a partir de ahí, comenzarían a planificar la salida de Cuba. Todo debe hacerse con premura y mucha discreción para que las autoridades policiales no se enteraran (Carpentier, 2017c, p. 211). El 16 de marzo, utilizando los documentos que acreditaban a Desnos como participante en el VII Congreso de la Prensa Latina, Carpentier abordó sin dificultad el vapor que transportaba a los visitantes. Minutos después lo hacia el poeta, como los agentes del puerto no le dejan abordar por no llevar su acreditación, protesta (Carpentier, 2017c, p. 212). Pero luego de mostrar su pasaporte y que varios participantes del congreso acrediten que él también forma parte de la delegación, las autoridades portuarias le permiten subir (Carpentier, 2017c, p. 212).

Tras su llegada a Francia, Desnos escribió una serie de artículos relatando sus impresiones de su estancia en Cuba. Para el poeta surrealista, el VII Congreso de la Prensa Latina no había sido más que una «Tournée de vaudeville» ya que «jamás tal compañía cómica había arribado a las orillas occidentales del océano Atlántico» (Desnos, 1998, p. 929). Tal fue el despropósito de semejante grupo de periodistas que provocó un fortísimo ataque de risa por parte de sus homólogos cubanos que incrédulos declaraban: «No. Imposible. Nadie puede reivindicar mayor humor del que manifestaron sus enviados» (Desnos, 1998, p. 929). Pero, que, al fin y al cabo, todo el despliegue del Congreso no fue más que una fachada machadista para comprar artículos de opinión favorables en diversas publicaciones europeas ya que:

Algunos de los colegas más destacados del viaje de la prensa latina habrían recibido pequeñas propinas para crear un movimiento de simpatía y confianza hacia la República de La Habana y su simpático presidente, el Sr. Machado, quien pretendía —y pronto— solicitar a Francia un préstamo significativo. (Desnos, 1998, p. 935)

CONCLUSIONES

Durante los primeros años de la década de 1920, surge en Latinoamérica una nueva promoción intelectual adscrita a los postulados de la vanguardia cultural. Pronto las diversas coyunturas socioeconómicas de sus respectivas naciones conminan a los intelectuales a abandonar le fuerte carga metafísica e individualista que constituía la comodidad de las torres de marfil replanteándose la eterna disyuntiva acerca de cuál debía ser su función en la sociedad. Conscientes de no quedar solo como voces aisladas dentro de sus fronteras nacionales tejieron redes asociativas con grupos homólogos del continente. Por medio de sus proyectos editoriales, manifiestos y declaraciones trascendieron la vanguardia cultural en una búsqueda constante de nuevos sentidos a una vocación integradora latinoamericanista. Sobrepasando sus primigenios axiomas, la vanguardia cultural latinoamericana se dio a la tarea no solo de establecer vínculos con la vanguardia política, sino también de asumir posiciones de combate dentro de esta.

Tanto la polémica desatada por las pretensiones de una parte de la joven intelectualidad española, amparada en el vetusto concepto de la Hispanidad, de convertirse en el meridiano cultural de América Latina como, meses más tarde, la celebración en La Habana del VII Congreso de la Prensa Latina constituyeron muestras fehacientes de la vitalidad del funcionamiento de las redes intelectuales tejidas por la vanguardia cultural latinoamericana, joven intelectualidad inmersa en una búsqueda perenne tanto de su razón de ser, como de la construcción de un imaginario colectivo identitario latinoamericano que, enarbolando el antimperialismo y el antiinjerencismo, se opuso una y otra vez contra las pretensiones hegemónicas de las potencias imperialistas.

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Datos del autor

Armando Juan Raggi Rodríguez (1972, La Habana). Licenciado en Historia. Investigador y especialista en la Fundación Alejo Carpentier. Ha realizado, entre otros, los prólogos y notas de los textos carpenterianos Diario (1951-1958) (Ed. Letras Cubanas, 2013); El ocaso de Europa (Ediciones ICAIC, 2014); Recuento de moradas (Ed. Letras Cubanas, 2018); El recurso del método (Ed. anotada Letras Cubanas, 2020). Artículos y ensayos suyos han aparecido en diversas publicaciones periódicas y libros colectivos.

Cómo citar este artículo: Raggi Rodríguez, A. J. (2026). Meridianos culturales y otros demonios ideológicos: la joven vanguardia intelectual y el largo proceso de la integración latinoamericana. Islas, 68(213): e1641. En https://islas.uclv.edu.cu/index.php/islas/article/view/1641

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ISSN: 0042-1547 (papel) ISSN: 1997-6720 (digital)

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