Curaduría: Huracán de pasiones

Corina Matamoros

Resumen

Fue el eminente Freud en 19071 quien esbozó una visión del coleccionista/conservador (antepasado del curador) como un personaje preso de obsesión neurótica. Luego le seguiría los pasos el no menos brillante Baudrillard, para proponer el vínculo entre el coleccionista y la posesión sexual.2 Pero lejos de la Viena de hace un siglo y de las audacias parisinas, el curador semeja hoy día un intelectual como otro cualquiera. Tal vez porque la lógica museal se ha desplazado últimamente hacia algunas funciones de «extramuros» en su afán de contrarrestar los desafíos del presente, el curador es un desprendimiento contemporáneo del ilustre conservador de museos y colecciones. Hecho un profesional independiente, es actualmente mucho más notorio, decidido, capaz de dejar atrás a sus recatados abuelos y de reivindicar para sí toda la atención del mundo cultural y, por qué no, del financiero. Sobre todo, gracias a la subespecie conocida como curador de arte, convertido, por obra y gracia del mercado, en ejemplar por excelencia de todo el género y en su único portavoz.

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